(Con su debido permiso, compartimos este texto escrito por el compatriota Oriental Facundo Cuadro, sobre las categorías políticas de derecha e izquierda)

Parte 1. Las categorías de izquierda y derecha.

Durante la contienda electoral la simplificación es la norma. El énfasis en el marketing y la ingeniería electoral busca situarnos por fuera del debate de ideas. Mediante la construcción de narrativas que priorizan la identificación emocional frente al debate racional se asumen determinadas categorías, que en muchos casos pueden ser, en realidad, más iguales de lo que parecen absolutamente inválidas. Este trabajo pretende ser un aporte que complejiza un espacio común en el discurso político: el de las categorías de izquierda y derecha.

Para abordar la problemática de qué y qué tan válidas son las categorías de izquierda - derecha, en este caso, hay cuatro libros que han servido de base teórica: “Demofobia” del italiano Diego Fusaro editado en el año 2023; “Izquierda y Derecha. Razones de una distinción política” clásico de filosofía política de los 90’, del también italiano Norberto Bobbio, convertido en bestseller y reeditado por Taurus en 2004 y “El mito de la Izquierda” y “El mito de la derecha” del filósofo español Gustavo Bueno, publicados de la primera década del siglo XXI. Podemos decir que estos autores analizan filosóficamente el devenir que han tenido las categorías de izquierda y derecha, aunque con diferencias claras en la metodología que aplican.

En su recorrido, los tres analizan autores y movimientos políticos que se han identificado tanto con la izquierda como con la derecha buscando una síntesis que conteste qué es la izquierda, qué es la derecha y en qué estado se encuentran hoy, llegando a conclusiones dispares. El punto de partida será clasificar que posturas se pueden tener frente a las categorías de izquierda y derecha. Podemos distinguir tres:

1- La primera postura entiende que izquierda y derecha son categorías indispensables para pensar el universo político. Según esta posición no se puede pensar la política y los movimientos políticos sin tener en cuenta estas categorías. Todo movimiento político puede clasificarse en izquierda o derecha.

2- La segunda postura plantea que izquierda y derecha son válidas cómo categorías socio históricamente determinadas. Por lo tanto, hay izquierdas y derechas, en plural, dependiendo del momento histórico y el espacio geográfico en el que se desarrollen los distintos movimientos políticos.

3- La última, contraria a la primera, plantea que izquierda y derecha son categorías inválidas en sí mismas. Es decir, que no sirven para explicar lo político, porque oscurecen más de lo que aclaran.

A continuación, vamos a analizar las razones de cada una de estas posturas para intentar comprender esta problemática.

Primera posición: izquierda y derecha como categorías necesarias.

La primera postura afirma que no se puede pensar la política prescindiendo de las categorías de izquierda y derecha. Esto porque izquierda y derecha implican actitudes pre-políticas, cosmovisiones diferentes desde las que las personas conciben lo político. Es decir, la distinción de izquierda y derecha tiene que ver con realidades filosóficas que van más allá de los partidos políticos o movimientos de turno. con posturas anímicas personales. Así se es personalmente de izquierda o de derecha, cosa que tiene relación con la emocionalidad personal, a pesar de que se busque su racionalización. Se es de uno enfrentándose al otro, generando la necesidad de una dialéctica, de una co-determinación paradójica, donde no pueden existir uno sin el otro. No existe derecha sin izquierda, ni izquierda sin derecha.

A pesar de esto, dentro de cada categoría pueden existir múltiples factores que expliquen su diferenciación. Es decir, aunque estas categorías puedan considerarse “eternas”, las causas que las definen no lo son. Por ejemplo, uno de los criterios puede ser la postura frente al problema de la igualdad y la desigualdad, y otro, la posición respecto al debate entre quienes defienden el individualismo y los comunitaristas. Desde esta perspectiva, y de manera paradójica, izquierda y derecha son categorías opuestas, pero solo pueden definirse mutuamente en función de sus antítesis.

El caso de Norberto Bobbio y la izquierda igualitaria:

Norberto Bobbio es un representante de esta corriente. Lo citamos porque se ha constituido, desde los 90’, como uno de los referentes teóricos que sirven de base para los movimientos de izquierda posmoderna, que también podríamos llamar izquierda liberal (o, en términos de Fusaro, “izquierda fucsia arcoiris”, por la influencia inequívoca de los movimientos feministas y lgbtq+). Se sitúa en la izquierda y plantea que ser de izquierda significa aspirar siempre, en el ámbito político, a la búsqueda de una mayor igualdad. Según él, la igualdad es el valor cardinal que define a la izquierda. Frente a una izquierda que busca siempre la mayor igualdad, define una derecha que promueve la desigualdad.

Para Bobbio, ser de izquierda o de derecha deriva de una actitud frente a la vida, una mentalidad, una postura filosófica incluso pre-política. Es una cuestión del alma, “la expresión de una vocación que se mantiene constante más allá de los sistemas de gobierno adoptados.” Así, cualquier posición política, independientemente del contexto sociohistórico en el que se desarrolle, puede catalogarse como o situarse a la izquierda o a la derecha dependiendo de si busca la igualdad o si apoya la desigualdad. Es de aclarar que para él la clave de la izquierda está en la búsqueda de la igualdad, no del igualitarismo. Cuando Bobbio dice que la izquierda busca la igualdad se refiere a que la izquierda tiende a la realización de políticas que “buscan “-reducir las desigualdades sociales y a convertir en menos penosas las desigualdades naturales”, no que busquen un igualitarismo, es decir, “una igualdad de todos en todo”.

Esta visión está estrechamente ligada a la izquierda de la modernidad, influenciada por el pensamiento de Rousseau. Rousseau es una figura clave en la teoría política y plantea una revolución en la forma de pensar lo social al entender que la justicia divina, aquella vertical, se traslada de la esfera teológica a la esfera política. De esta forma el mal ya no es atribuible, como lo era por ejemplo en San Agustín, al pecado original, o a una connatural esencia humana como en Hobbes. Al contrario, el punto de vista de Rousseau es social e histórico. Por eso la desigualdad puede y debe ser abordada y solucionada por la política. Es un problema sociopolítico que tiene solución sociopolítica; el mal puede ser superado políticamente. Por esto, siguiendo esta lógica, a pesar de que en Rousseau no se encuentra la dicotomía izquierda- derecha, puede ser considerado el padre de la izquierda.

En espejo a la posición de Bobbio se pueden plantear otras que entienden, al igual que él, que las categorías son cuasi eternas, pero tomando posición desde la derecha. Así, por ejemplo, se puede argumentar que, en realidad, la derecha no festeja la desigualdad, sino que ve en ella la diferencia. No se fomenta o apoya la desigualdad, sino la diferencia, el particularismo, que deviene en defensa del individualismo frente al colectivismo. La igualdad que plantea Bobbio se ve, desde esta postura, como igualitarismo, y la búsqueda de romper con las diferencias como la búsqueda de homogeneización. De esta forma puede argumentarse la desigualdad como parte de un orden orgánico, sea natural o divino, en el que la diferencia determina el papel de cada uno en un orden justo en el que a cada uno le corresponde lo suyo. La defensa de este antiguo régimen, cuya característica principal es la alianza entre el trono y el altar, es la razón de ser de las derechas políticas, sobre todo de la derecha tradicional contra-revolucionaria, reaccionaria (que buscaba volver a un estado anterior de cosas), representada por ejemplo por De Meistre en Francia (que, si bien como al igual que Rousseau, no se identificaba con la distinción izquierda/derecha, podría ser considerado uno de los padres de la derecha política).

La derecha y el individualismo.

Las diferencias dentro de la derecha en la justificación de la desigualdad pueden estar relacionada, por ejemplo, con posturas teológicas. Hay corrientes que entienden el orden desigual como una cuestión de justicia divina, alegando que este sería el orden divino. En este caso la diferencia es vista como un hecho de voluntad de Dios, por lo que no se la niega ni se la combate: se acepta. Estas posturas son propias de las derechas cristianas católicas o protestantes. También se podría rastrear también una derecha pagana, influenciada, por ejemplo, por Nietzsche. Nietzsche en “El anticristo” defiende la jerarquía como indispensable para el mejoramiento de las sociedades. Es a partir del mejoramiento de los individuos y del triunfo de los mejores que las sociedades pueden avanzar.

“La ordenación de las castas, la jerarquía, formula solamente la ley suprema de la vida misma; la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para hacer posibles tipos más altos y altísimos; la desigualdad de los derechos es precisamente la condición para que haya derechos en general. Un derecho es un privilegio. Según su modo de ser cada cual tiene su privilegio.” (El anticristo, 57).

Mutatis mutandis esta es la posición que también hoy toma la derecha “liberal”, hegemónica en el campo político de la derecha. Enfrentada a un comunitarismo de izquierda se plantea una derecha individualista. En este caso hay una defensa al orden social existente, abandonada ya la idea de un retorno al antiguo régimen (en el caso de una derecha conservadora, no reaccionaria). El horizonte histórico, la aspiración social a futuro, no es la vuelta comunidad orgánica del antiguo régimen, sino el mantenimiento de una sociedad de individuos. Las diferencias sociales, de individuos que podrían organizarse en clases (no en castas como plantean los reaccionarios) está en función del mérito. Es la meritocracia la razón que explica las diferencias sociales. El orden social divino es secularizado por el orden natural del mercado. En esta derecha, a diferencia de la tradicionalista, el centro es mercantil y la relación entre individuos es utilitarista, basada en la sociedad del comercio y la competición como único principio de suceso y de justicia. En su visión actual más radical, cualquier acción del Estado sobre la política o la economía es vista como un signo de opresión colectivista sobre el individuo soberano radical. Aunque con la contradicción patente de que se autodenominen, en muchos casos, “derecha conservadora”.

Parte 2 - La visión de una dicotomía sociohistórica.

Segunda posición: validez de las categorías solo en un contexto sociohistórico.

La segunda posición frente a la categorización izquierda- derecha afirma que las categorías son válidas en cuanto son capaces de designar determinados movimientos políticos en un espacio y tiempo definidos. Esta postura rompe con lo que el filósofo Gustavo Bueno llama “el mito de la izquierda” y “el mito de la derecha”. Critica que la primera posición es una ingenua y metafísica, desligada de la realidad material de los movimientos políticos. Hablar de izquierda o derecha es un mito en cuánto estas categorías no son válidas eternamente, sino que designan movimientos políticos y grupos particulares. El mito se ve reflejado en las múltiples formas de habitar la izquierda y la derecha que pueden existir. En este sentido izquierda y derecha no son términos unívocos, que pueden interpretarse en un solo sentido, sino equívocos, porque pueden interpretarse de múltiples sentidos. Siguiendo a Bueno, por ejemplo, hablar de “la izquierda” es traer un mito oscuro y confuso, en cuanto hablar de izquierda no aclara el panorama, sino que lo complica. El uso mítico de izquierda como un concepto unívoco sería en realidad una «estrategia ideológica» frente a otras fuerzas políticas en la lucha electoral.

En el interior de esta segunda posición hay dos tendencias:

1) la que entiende que, si bien se generó en la modernidad, las categorías son aún hoy válidas. Es decir, al día de hoy se pueden continuar clasificando los movimientos políticos en izquierda o derecha, existiendo hasta hoy izquierdas y derechas

2) la que entiende que la dicotomía está agotada, es obsoleta, aunque haya sido válida en el pasado. Esta postura suele marcar el final de la validez de la dicotomía en 1989, el socialismo real y el advenimiento de la globalización. Desde esta postura se plantean otros modos para pensar la política fuera de la dicotomía izquierda-derecha, como puede ser el de soberanistas- globalistas.

Quienes defienden la idea del carácter temporal de la categorización sitúan su comienzo en el espacio de occidente y en el tiempo de la modernidad. Izquierda y derecha no son así “eternas”: tienen una fecha de nacimiento y posiblemente una fecha de fin, así como un contexto en el que se desarrollan. Para comprender la aventura histórica de esta categoría hay que empezar por Francia, por la Francia revolucionaria. Es allí donde se da la división espacial original, cuando en la asamblea constituyente se ubican a la derecha. quienes pretendían que el Rey tuviera poder de veto frente a quienes, a la izquierda, proponían un poder más moderado frente a la soberanía de la nación política Lo que identificaba a quienes se situaban a derecha del presidente era su identificación con el Antiguo Régimen, que en su estructura implicaba muchas instituciones, principalmente el Trono (absoluto) y el Altar (único). El trono relacionado con el poder real y el altar con el eclesiástico. Mientras que la izquierda representaba la soberanía del pueblo (de la Asamblea) frente al poder real y al poder aristocrático.

Gustavo Bueno explica que la izquierda posee distintas generaciones, sucesivas en el tiempo, que se distinguen por su posición frente al Estado. Hay dos categorías de izquierda: la izquierda definida, que tiene un proyecto de Estado, y la izquierda indefinida, que carece de proyecto de Estado. A pesar de esto, todas las izquierdas tienen dos fundamentos esenciales: el racionalismo universalista y la idea de “holización”. El racionalismo universalista o “raciouniversalismo” se deriva del pensamiento moderno de la Ilustración, basado en la idea de una Razón ilustrada que ilumina frente a las sombras del oscurantismo medieval. En este sentido, la izquierda se define como racionalista, pues rechaza de manera explícita cualquier principio revelado o metafísico que pretenda justificar el orden político establecido. Asimismo, es universalista, porque, aunque se origine desde una nación política concreta, sus proyectos tienen como objetivo transformar la sociedad a nivel global, promoviendo un cambio de alcance mundial. Este carácter universalista se fundamenta en su racionalismo, ya que la razón es una facultad inherente a todos los seres humanos.

De este modo, el racionalismo político adquiere un carácter universal al trascender fronteras y particularismos. Por último, las izquierdas comparten su fundamento en la idea de “holización”, que se refiere al proceso mediante el cual algo se transforma para volverse más completo o integral, uniendo todas sus partes en un todo más amplio y cohesionado. En “El Mito de la Izquierda”, Gustavo Bueno emplea la idea de holización para analizar cómo la sociedad política del Antiguo Régimen se transforma en una nación política compuesta por individuos iguales entre sí: los ciudadanos. En este proceso, las castas del Antiguo Régimen se reorganizan y se integran como elementos constitutivos de la nueva nación política. Cada corriente de izquierda, definida por sus planes y programas, propone su propio modelo de holización.

De este modo, Gustavo Bueno distingue seis generaciones de izquierda definida y tres corrientes de izquierda indefinida. Las seis generaciones de izquierda definida son: la izquierda radical jacobina, la izquierda liberal de Cádiz, la izquierda libertaria o anarquista, la izquierda socialdemócrata, la izquierda comunista y la izquierda asiática maoísta. Por otro lado, las corrientes de izquierda indefinida, que no se estructuran en torno a parámetros políticos estatales, son tres: las vanguardias artísticas, los intelectuales y los movimientos antisistema.

Las generaciones de izquierda definida:

Primera generación: Izquierda radical Jacobina.

El proyecto consistió en hacer a los hombres ciudadanos, esto es, libres e iguales, y, desde ellos, transformar el Estado monárquico en una Nación política guiada por los derechos fundamentales. En 1789 nace la política moderna con la ascensión del “pueblo”, la soberanía y la nación política. Los jacobinos, la izquierda jacobina –que se reunía en un convento dominico o “jacobino”– alentaron, apoyaron y aprobaron la constitución de una serie de intenciones que luego se llamaría “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”. Aquella declaración, con sus 17 artículos, aprobada por la Asamblea (luego se transformaría en Asamblea Nacional Constituyente) era una tabula rasa y nueva. Hasta allí llegaba el “antiguo régimen”. El artículo 01 de aquella declaración decía que todos los hombres “nacen iguales”. Empezaba así el igualitarismo. Adiós a los privilegios de sangre, de origen, a las prebendas regionales, al federalismo y a los “pueblos de origen”. La clave está en el concepto de Nación política, “una república de ciudadanos y en ella reside la soberanía y, por tanto, la autonomía política genuina, que ya no recibe órdenes ni instrucciones de ninguna instancia sobrenatural, sino que se autogobierna según las leyes soberanas de su propia razón.”

La segunda generación de izquierdas es, siguiendo a Bueno, la izquierda liberal. La izquierda liberal es la izquierda española de la constitución de Cádiz, que constituye a España como una Monarquía constitucional, una “patria propia” frente al avance imperialista de la izq. de primera generación. Así, se ve que la izquierda, en su conformación, no solo se bate con las derechas que desean volver al antiguo régimen, sino que también con otras izquierdas. En el caso de la izquierda liberal, también llamada liberal progresista, se oponían al poder del altar - a la república confesional- pero no al reinado monárquico.

La tercera izquierda es la libertaria o anarquista, que se conforma como proyecto político por la negativa del Estado. Es decir, buscan un “regressus”, no sintiéndose identificados por la Nación política sino planteando corrientes comunitaristas y humanistas, “sin amo ni soberano”. Dos grandes autores de esta izquierda son Bakunin y Proudhon, y el proyecto en relación al Estado implica su destrucción. Bueno destaca las disputas entre Marx y los anarquistas para explicar las diferencias entre la tercer, cuarta y quinta generación de izquierdas.

La cuarta generación es la de la izquierda socialdemócrata. Esta izquierda busca que el Estado intervenga tanto en lo económico como en lo social, para promover mayor equidad económica e igualdad social en el marco de una economía capitalista. Se desarrollan bajo una democracia representativa y busca alcanzar el “Estado de bienestar” para los trabajadores. Es un socialismo reformista, a diferencia del de quinta generación.

La quinta generación de izquierdas es la comunista. Es la izquierda de Marx y Engels. Es una izquierda revolucionaria, no reformista. Defiende la igualdad más radical, económica y política, diferenciando igualdad formal de igualdad real, que solo se puede dar rompiendo las diferencias de clases. El proyecto de Estado es el de la “dictadura del proletariado”, es decir, la toma del poder por la fuerza de los trabajadores que organizarían, en teoría, una sociedad justa sin clases sociales. Esta es la “izq. roja”, que afirma que el “trabajador, siendo un esclavo asalariado, no tiene más nada que perder que sus propias cadenas”.

La sexta generación de izquierdas sería la asiática, maoísta. Es una izquierda marxista-lenninista que incluye elementos propios de la civilización milenaria China, por ejemplo, del confucianismo. A diferencia de la quinta generación, incluye también dentro de la clase revolucionaria al campesinado. Se considera una etapa superior del marxismo-leninismo, con un proyecto económico propio, el llamado “socialismo con características chinas.

Bueno también distingue tres izquierdas indefinidas, es decir, sin proyecto de Estado. Sin embargo, no dejan de autodenominarse “izquierda” por criterios éticos, estéticos, artísticos, académicos, etc. Estas son la extravagante, divagante y fundamentalista, asociadas a los llamados “movimientos sociales”, ONGs, “intelectuales y artistas” y asociaciones diversas de la llamada “sociedad civil”. La izquierda extravagante es la propia de las ONG’s, que se plantan desde una postura utopista. La izquierda divagante es la izquierda de los artistas e intelectuales, como los vanguardistas o filósofos como Darío Z., identificados con la izq. pero accionando solo en el ámbito académico o cultural. La última, la izq. fundamentalista, es la que defiende el multiculturalismo y la “sociedad abierta”, los grupos lgbtq+, etc. etc.

En “El mito de la derecha”, libro posterior a “El mito de la izquierda”, Bueno plantea distintas modulaciones de la derecha: una derecha reaccionaria, que busca la vuelta al antiguo régimen, una derecha conservadora liberal que combina, justamente, parámetros conservadores y liberales dependiendo del momento sociohistórico, y una derecha socialista, propia de algunas derechas comunitaristas ligadas a la iglesia católica. También destaca a una derecha extravagante, propia de movimientos secesionistas, anarcocapitalistas individualistas extremos y una derecha no alineada con el antiguo régimen, donde sitúa al fascismo y al nazismo.

Parte 3: la inútil categorización izquierda- derecha y el partido único globalista.

Tercera postura. izquierda y derecha: fantasmas superados.

La tercera es la posición más radical porque niega la validez de la dicotomía. Si bien sigue presente en el lenguaje popular y por eso es utilizado en la narrativa política que construye la sociedad del espectáculo diremos qué, sustancialmente, la dicotomía izquierda y derecha no tiene valor. Desde esta postura se argumenta que en el plano de las ideas las categorías son sumamente oscuras y confusas y, en el plano de la política real, izquierda y derecha trabajan para la realización de planes y programas comunes. No tienen una prospectiva política propia, sino que se desarrollan dentro de las lógicas de un capitalismo financiero “absoluto y totalitario”. En este sentido, ambos son un Partido Único.

En cuanto a los problemas de definición, ya nombramos las múltiples contradicciones que implica el uso de las categorías, lo que las transforma en contenedores vacíos sin significación real. Esto significa que, a pesar de que existan ciertas constantes, nunca sirvieron para explicar la realidad. A favor de esta posición está el análisis de qué ha defendido como plataforma política la izquierda-derecha, es decir, cuál ha sido el posicionamiento histórico en determinadas cuestiones, que en casos fue cambiando. Por ejemplo, frente a la nación, la postura nacionalista que hoy es considerada una postura de derechas fue originariamente una postura de izquierda en el jacobinismo revolucionario francés. Lo mismo pasa con la posición de la derecha frente a la tradición y al pasado: la derecha tradicionalista reaccionaria que la vuelta al antiguo régimen basándose en las raíces tradicionales étnicas o religiosas y no acepta el advenimiento de los parámetros políticos modernos post-revolución francesa, la derecha conservadora, si los acepta (al menos en parte) y no busca el retorno al antiguo régimen sino conservar el orden actual, defendiendo determinados intereses de clase; y la derecha liberal que bebe de la escuela austríaca, hoy hegemónica, ni siquiera es conservadora (Incluso, Von Hayek, tiene un librillo titulado ¿por qué no soy conservador?). Frente al Estado esta última corriente es anarcocapitalista y tiene un proyecto revolucionario frente al Estado al que quiere eliminar y excluir de cualquier regulación a los individuos (lo que los lleva a debatir cuestiones tan disparatadas como la venta de niños), la segunda -derecha nacionalista- busca un Estado fuerte y creciente, muchas veces clerical y la derecha reaccionaria está más cerca de un sistema monárquico que de la existencia del Estado Nación.

Se pueden seguir con los ejemplos. Sucede lo mismo con la idea de progreso, donde entre los mayores críticos del progresismo podemos encontrar a comunistas como Pier Paolo Pasolini o críticos de la escuela de Francfort, como Walter Benjamin (especialmente su obra “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica”). Otra, la asociación con posiciones de poder que siempre estuvo asociado a la derecha tiene sus mayores críticos en la misma derecha: Evola y Junger. La religión y lo sagrado son comúnmente vinculados con la derecha, pero vimos que existe una derecha pagana y así como existen corrientes de izquierda con fuerte sentido teológico, como la teología de la liberación. Como conclusión: los campos de izquierda- derecha se pueden segmentar al infinito tras problematizar las posturas particulares de las distintas fuerzas políticas, independientemente de cómo se clasifiquen.

Partido único globalista.

Partamos de esta base: el nuevo orden mundial es un término que, si bien propagandístico y reduccionista, nos permite englobar a una serie de políticas, de planes y programas, que tienen como finalidad la concreción de un modo de vida asociado a la abertura total y al fetichismo de la mercancía llevada a su máxima expresión. El nuevo orden mundial implica un capitalismo absoluto totalitario que prescinde de las viejas clases sociales “burgués- proletario”. Podríamos decir que, históricamente, la díada izquierda- derecha ha servido para clasificar los movimientos políticos por su cercanía a una u otra “clase” en su división clásica (al menos, al analizarla desde una óptica marxista clásica): la derecha enfocada a la defensa de los intereses de la burguesía y la izquierda relacionada a la defensa del proletariado, la clase trabajadora. No hay ya una burguesía nacional dueña de medios de producción, sino que la obtención principal del capital deviene, sobre todo de la financiarización de la economía. No hay, por lo tanto, defensa de un Estado soberano preocupado por la producción nacional o, al menos, no más allá de la defensa de ciertos sectores de una oligarquía terrateniente. El capitalismo absoluto, por su propia antropología, tampoco está interesado en preservar las raíces tradicionales que pueda tener la burguesía de antaño. El proletario, mientras tanto parafraseando al derechista Agustín Laje “desde los 60 está más preocupado por cambiar su automóvil que por cambiar las bases del sistema capitalista”. Está de esa manera totalmente inmerso en el paradigma capitalista, lumpenizado, inmerso en una sociedad del espectáculo que redirige cualquier ansia revolucionaria que antes podría representar la izquierda. Así, entendemos que el nuevo orden mundial no es ni burgués ni proletario, más bien es post-bugués y post-proletario.

La dicotomía de clases ya no puede pensarse en viejos términos, pues el alto está cada vez más alto y el bajo se ha expandido. La oligarquía financiera plutocrática que maneja cantidades ingentes de capital y así domina la estructura capitalista buscando generar un solo gobierno mundial -globalismo- está en pugna directa con los pueblos del mundo. Por eso sus planes y programas constituyen un ataque a los pueblos: son eugenistas neomalthusianos, lo que se refleja en sus políticas que buscan disminuir la población mundial, ya sea por medio de guerras, pestes, promoción de ideologías que destruyen a la familia, aborto, vacunación compulsiva, eutanasia, etc.

Para lograr un solo gobierno mundial deben primero destruir los aparatos estatales. Se han dedicado, conscientemente, a desmantelar el aparato productivo de las naciones coloniales y a normalizar la corrupción. Izquierda y derecha sirven para aplicar la lógica de “alternancia sin alternativa”. Se puede ejemplificar la imagen de dos mayordomos al servicio de la oligarquía financiera, que solo difieren por el color del traje que llevan: el de derecha un traje azul, siguiendo los lineamientos económicos de la plutocracia y cumpliendo los mandatos internacionales con los usureros y uno de izquierda con un traje fucsia arcoíris, promoviendo la lucha de sexos y la ideología lgbt.

Entonces notamos que, si bien pueden notarse ciertas constantes históricas que permiten situar los movimientos políticos, dada la pluralidad y la confusión que pueden generar las distintas ramas políticas con sus interminables matices es afirmamos que las categorías izquierda y derecha son obsoletas. Esto porque:

1) los problemas políticos están más allá de la izq. y la der., que estos no pueden abarcar.

2) asistimos cada vez más a coincidencias de visión y de propuestas entre la izq. y la der., sobre todo en cuestiones estructurales.

3) porque el proceso de globalización implica una tecnocracia, dejando de lado la postura democrática, nacional y popular, para ingresar en la administración técnica como sentido último y único de la práctica política (esto es, política como “gobernanza”, relacionada directamente al funcionamiento del mercado. Así, izq./der. son categorías no solo incapaces de aprehender el presente, sino que su uso nos impide comprenderlo.

Según Diego Fusaro el fin de la validez de la dicotomía está ligada a la deconstrucción y transformación ideológica de la izquierda. Esta comienza en el 68’ con las protestas del mayo francés y se remata en el 89’ con la caída de la URSS. Esta postura es discutible al plantear que, en realidad, izquierda y derecha nunca fueron algo sustancialmente distinto y las categorías son inválidas, pero nos permitirá entender el por qué hoy hablamos de un orden capitalista global absoluto-totalitario. El mayo francés representa el nacimiento de una nueva izquierda, que deja de lado el ideario revolucionario socialista y comunista para plantear, desde un paradigma individualista liberal, la mímesis con el orden cultural del capitalismo. El mayo del 68’ cambia los parámetros culturales al masificar la crítica a la jerarquía y al patriarcado y al transformar la contracultura en un espacio de consumo desde la hegemonía. El capitalismo cambia al constituirse en un capitalismo de consumo, pronto para destruir todas las barreras culturales y soberanas con el avance del proceso de globalización y el crecimiento masivo de la sociedad del espectáculo. En resumidas cuentas, es el puntapié inicial para que el orden mundial abandone un “software” de derecha y adquiera uno de izquierda. En este sentido podemos pensar el funcionamiento del orden global como al de una gran computadora. El hardware, la infraestructura material, es el capital, sus flujos y relaciones. El software es el código cultural en el que se desarrolla, las normas y las pautas que lo condicionan. Pasa de ser un software capitalista burgués: autoritario, patriarcal, disciplinario, del Estado fuerte; y se convierte en un software de izquierda, progresista, consumista y centrado en el goce y los deseos de consumo individual.

El orden mundial, para ser considerado absoluto, debe liberarse de todos sus límites. Este proceso de autodesarrollo del capitalismo que acelera en el 68’ con un nuevo espíritu que engloba en sí izquierda y derecha busca una percepción histórica de un “eterno presente”, que prescinda del pasado y el futuro. La culminación de este proceso se puede notar en la idea de “fin de la historia” del ideólogo nipo-estadounidense Francis Fukuyama, ruptura con la intención de entender el presente como un proceso histórico y de propuestas de futuros alternativos al del capitalismo omniabarcante. Es ahí donde muchos ven el fin de la política y de la diada izquierda- derecha. La política deja de ser la confrontación de representaciones distintas del mundo histórico, de cosmovisiones distintas, de ideologías más o menos coherentes.

La política ya muerta, necro-política, se encarga no más que de la administración de lo existente. Peor aún, se transforma en administración de lo que no se tiene, administración de la deuda, que nos ancla en las lógicas y en las fauces de los mismos sistemas usureros, la oligarquía financiera que planea el orden mundial. Como mucho se encarga de resolver problemas específicos, pero es incapaz de tocar cuestiones estructurales.

Este orden mundial totalitario ocupa todo el espacio disponible: la izquierda, la derecha y el centro. Culturalmente se reproduce a la izquierda, que posee la hegemonía cultural en este nuevo orden mundial. En el espacio de la reproducción simbólica dentro del libre mercado, desregulada y transgresora, la cultura de la nueva izquierda post-marxista -fucsia por lo feminista y arcoíris por el lgbtq+-, busca liquidar todas las figuras tradicionales: la familia (a la que vinculan con el patriarcado), la idea de Identidad (a la que vinculan con la idea de xenofobia), y al Estado soberano (considerado un resquicio fascista).

Desde un análisis marxista, podríamos decir que la cultura de la izquierda se transforma en la superestructura de la estructura económica capitalista. Es decir, la izquierda no es el espacio de contención de las lógicas del capital; al contrario, promueve su expansión (desregulación, liberalización, apertura) hacia el ámbito de las costumbres. Para esto, se vale de la falacia progresista, que plantea el valor superior de las ideas según su fecha de enunciación, siendo las más recientes las más válidas frente a aquellas consideradas “anticuadas”. La idea de fondo es que debe destruirse y liberalizarse todo legado tradicional, así conlleve llevarse puesto toda postura comunitaria o de clase que frene el “progreso”. Así sacraliza lo realmente existente como lo mejor posible e impide el nacimiento de una alternativa. Para la izquierda lo realmente existente es la democracia y los derechos humanos. Cualquier crítica al orden mundial es un ataque a la democracia, y un fascista aquel que la enuncie.

Económicamente, el orden mundial se reproduce desde la derecha. La derecha económica se consolida con la tendencia a una economía despolitizada, libre, desregulada, con una única justicia: la del mercado. Se fundamenta en una antropología competitiva (la idea del “self- made man” y el “sujeto de rendimiento”). Pretende las privatizaciones, el desmantelamiento del Estado de bienestar y la ruptura con cualquier política estatal redistributiva. En el mejor de los casos, plantea un asistencialismo mínimo del Estado, manteniendo programas que garanticen cierta capacidad de consumo en sectores no productivos, pero sin enfocarse en la formación o creación de oportunidades reales para el trabajo, perpetuando la precariedad. Este es, quizás, el gran proyecto económico del globalismo: la renta básica universal.

Por último, si el orden mundial es de izquierda en la cultura y de derecha en la economía, es políticamente de centro. Se rige por un extremismo de centro, ya que la derecha tradicionalista y la izquierda comunista tienden a ser expulsados. Lo que queda es una homogeneidad bipolar entre una izquierda liberal y una derecha liberal: la coalición del “estamos todos de acuerdo”. Desde esta postura la política es una continuación de la economía por otros medios, reducida a una simple legitimación democrático- formal de mandatos impuestos desde lo alto: de los organismos multilaterales, trasnacionales, bancos u otros centros de decisión no soberanos.

El Estado existe y funciona para controlar al pueblo. Se entromete constantemente en la vida de las personas mediante las imposiciones biopolíticas, pero es incapaz de intervenir en la economía a favor del bajo. Además, cumple otra función: invisibilizar el disenso y promover falsas disidencias.

Las propuestas políticas son coincidentes, diferenciándose sólo en intensidad y radicalidad. Ambas partes se acusan mutuamente de manera infundada: la derecha tacha a la izquierda de comunista, y la izquierda acusa a la derecha de fascista; mientras tanto, ambos perpetúan las lógicas globalistas. Así, se divide a los sectores populares, mientras las élites llevan a cabo sus políticas de clase. Se crea la ilusión de pluralismo, cuando en realidad este se niega en su propia posibilidad. Lo que existe, en lugar de izquierda y derecha, es un monopartidismo competitivo: el Partido Único globalista.

-Facundo Cuadro.