Para entender realmente el fundamento del fascismo hay que remitirse al material ideológico producido con fines de instrucción política. Es por eso por lo que un error muy común a la hora de investigar el movimiento de Mussolini es hacer un juicio basado en una aproximación al siempre azaroso devenir histórico de los años de gobierno fascista. Generalmente con este método el fascismo desconcierta por un actuar que pareciera errático, a veces inclinándose a la derecha del espectro político y en otras ocasiones llegando a un verdadero mimetismo marxista. El investigador Zeev Sternhell, uno de los más rigurosos investigadores de la ideología fascista, es de los pocos que han logrado entender este punto. Para Sternhell la ideología fascista fue distinta a las políticas que el fascismo logró implementar. Fuerzas reaccionarias, liderazgos erráticos, balances políticos, presión internacional y finalmente la guerra, imposibilitaron a Mussolini llevar a cabo su revolución de la forma que hubiese querido. Sin embargo, lo anterior no indica que el fascismo no haya tenido objetivos claros y fundamentos ideológicos concretos.
«N. Kogan concluye luego de comparar la ideología fascista con la práctica del gobierno fascista, que realmente la Italia fascista no fue fascista. Esto sería verdadero si se sugiere que la Italia fascista no fue la encarnación de la Doctrina fascista. Y una idéntica conclusión se puede llegar si se aplica a la democracia o al comunismo. Uno no puede pretender encontrar una meticulosa puesta en práctica de las ideas de Marx o Lenin o cualquiera de sus discípulos en la Revolución de Octubre o en la toma de poder de cualquier otro partido comunista. A pesar de esto el comunismo se considera un sistema general de organización político-social. No hay razón para no hacer lo mismo con el fascismo. Ningún partido ha estado exento de recorrer líneas de acciones irreconciliables, o al menos relacionadas dudosamente, con sus principios básicos. El problema de preservar la pureza ideológica existe en todos los partidos del sistema político». (Zeev Sternhell. El Fascismo)
Roger Griffin, otro de los agudos investigadores del fascismo, también organiza sus investigaciones separando rigurosamente las ideas centrales y esencia ideológica del fascismo con las políticas aplicadas.
«A nivel metodológico es profundamente antihistórico tratar al fascismo como una entidad estática, incapaz de transformarse cuando las circunstancias históricas van cambiando. Esto sería como definir al liberalismo, al socialismo o al cristianismo en términos basados no en la idea u objetivos buscados sino según la forma que adopta en determinadas circunstancias históricas. Michael Freeden ha adoptado una teoría sofisticada llamada morfología ideológica para considerar como las ideologías cambian con el tiempo. Para eso se centra en las ideas centrales que se mantienen siempre las mismas separándolas de las ideas adyacentes y periféricas que van y vienen». (Roger Griffin. Un siglo fascista)
Entonces una cosa es analizar la ideología y espíritu del fascismo y otra bastante distinta es considerar el desempeño histórico de las políticas implementadas. Lo primero fue el fundamento del fascismo, lo segundo fue la aplicación de ese fundamento. Este punto es lo que diferencia el trabajo de investigadores de la ideología fascista como Sternhell, A. James Gregor, Emilio Gentile, Roger Griffin, Marco Piraino y Stefano Fiorito, con el trabajo de los historiadores del fascismo. Los primeros logran entender la esencia ideológica, los segundos son muy buenos relatores de datos históricos, pero a la hora de definir la ideología fascista son poco convincentes.
Definir la esencia del fascismo según las políticas implementadas es un camino muy incierto. Por ejemplo, el biógrafo de Mussolini, Denis Mack Smith, desiste en tomar una posición sobre la Doctrina del fascismo, definiéndolo como un partido de izquierda y derecha a la vez.
«Algunos piensan que el fascismo estuvo a la izquierda de la política, otros piensan que, en la derecha, otros que fue de izquierda y derecha al mismo tiempo. En el mismo Mussolini estas contradicciones coexistían». (Denis Mack Smith. Mussolini)
Nicholas Farrelll en tanto, con bastante más agudeza, encuentra más autenticidad que ambigüedad en el esquivo fundamento fascista, pero de igual forma deja en la indeterminación su esencia doctrinaria.
«La definición popular del fascismo de derecha es confusa aun cuando Mussolini en 1922 describió el fascismo como partido de derecha. La fuerza intelectual que lo conducía era de izquierda, la mayoría de los fascistas venían del socialismo o el sindicalismo. Por mucho que tuviera manifestaciones derechistas la estrella que lo guiaba fue siempre de izquierda. Su oposición al socialismo podría ser descrita como derechista, pero sus tendencias republicanas son claramente de izquierda. Su oposición al parlamentarismo puede ser descrita como derechista, pero su oposición al principio antidemocrático del parlamento es izquierdista. La defensa de la propiedad privada fue derechista pero su defensa de un gran Estado para manejar el capitalismo es de izquierda. La fuerza del fascismo consistió en tomar de todos los programas su parte vital para forzarlas y ponerlas en práctica». (Nicholas Farrell. Mussolini, una nueva vida)
Otros investigadores se abanderan por una posición, clasificando al fascismo como una fuerza esencialmente de izquierda o completamente de derecha. Eric Norling, historiador de la corriente revisionista, basándose en el período inicial y final, sitúa al fascismo a la izquierda del espectro político.
«Irredentismo, vindicación nacional, sufragio universal proporcional y derecho a voto femenino, representación popular, disolución de las corporaciones, confiscación de los bienes de las congregaciones religiosas, jornada de ocho horas, sueldo mínimo, reforma agraria, son algunos ítems del programa de extrema izquierda. El primer congreso fascista estuvo dominado por maximalistas y revolucionarios, ataques a la monarquía y el Vaticano, secularización del Estado y la pavimentación de una nueva cultura de la nación en armas. En julio de 1943 Mussolini es depuesto por el Gran Consejo Fascista y arrestado. En septiembre el General Badoglio anunció un armisticio unilateral con los aliados. Ante la necesidad de recuperar a Mussolini, los alemanes lo liberan el 12 de septiembre. El Duce vuelve a reinar en la zona no ocupada de la mitad norte. Inmediatamente reconstruye el partido bautizándolo como Partido Fascista Republicano y en sólo pocas semanas 250.000 militantes se enrolan. Ahora tiene claro que no puede confiar en las jerarquías (Iglesia, patrones, Ejército y aristocracia) que antiguamente, en el fascismo del ventenio, habían estado diligentemente detrás de él pero que en cuestión de días se revelaron como traidores. Enfrentado a un grupo de antiguos veteranos fascistas milaneses declara: “Nos preguntan, ¿qué quieren? Queremos Italia, república y socialización. Socialización es la implementación del socialismo italiano, humano, nuestro y posible, dejando de lado apalancamientos mecánicos no existentes en la naturaleza e imposibles en la historia”. El 12 de febrero el consejo de gabinete aprueba y emite la Ley de Socialización. En esta ley podemos encontrar el principio de coadministración de las compañías, nacionalización de empresas necesarias a la economía nacional, distribución de utilidades, etc. Cuando la guerra está por terminar, el sector que más apoya a Mussolini es el de los trabajadores. Las palabras de Mussolini en su último gran discurso son elocuentes. “La socialización fascista es la solución lógica que evita la burocratización económica del Estado totalitario”. ¿Mussolini comunista? Uno no puede acusarlo de eso, de hecho, se opuso con la misma firmeza que usó contra el capitalismo, pero como muchos otros fascistas la solución comunista era preferible a ver a su país sumergido en la plutocracia americana. “Mañana los italianos tendrán que elegir maestro. Ante esta eventualidad, yo como italiano no dudaría en elegir a Stalin». (Eric Norling. Fascismo revolucionario)
Martin Blinkhorn, historiador inglés, da cuenta de un fascismo completamente diferente al relatado por Norling. Para Blinkhorn el fascismo fue reaccionario y cercano a las elites, una ideología comúnmente situada a la derecha.
«En el verano de 1920 el Movimiento entró en una nueva y crucial fase de desarrollo. A medida que el fascismo se hacía más reaccionario su atractivo a la opinión respetable crecía. En 1920 entra en alianza con el nacionalismo antisocialista. En noviembre de 1921 el partido adquiere un programa derechista que abraza la monarquía, el libre comercio y el anti socialismo. En 1922 se formó la convicción entre círculos políticos, el Vaticano, la jerarquía católica, los intelectuales liberales, los industriales y terratenientes que el fascismo merecía una oportunidad. Intereses conservadores forman parte integral del régimen de Mussolini». (Martin Blinkhorn. Mussolini y la Italia fascista)
Tanto Norling como Blinkhorn tienen razón. El fascismo nació con ideas que en un binomio de izquierdas y derechas podrían ser situadas a la izquierda. Por otro lado, durante su período intermedio se caracterizó por realizar reformas estructurales consensuadas con los poderes conservadores. En la última etapa la evolución política derivó en herramientas que nuevamente podrían ser catalogadas como izquierdistas. Y lo que pareciera ser una contradicción, al analizar el fundamento ideológico no lo parece tanto ya que la Doctrina fascista, a pesar de las políticas implementadas, trascendía la clasificación política tradicional.
FASCISMO GENÉRICOOtro de los errores más extendidos a la hora de investigar la ideología del fascismo de Mussolini es tomar como una sola unidad el fenómeno europeo llamado “fascismo genérico”. Pretender que los diversos movimientos nacionales de principios del siglo XX tenían una doctrina común ha sido la gran barrera a la hora de entender el fascismo italiano. Si bien hubo elementos homogéneos entre esta diversidad de partidos y movimientos, buscar una ideología genérica finalmente los empobrece y convierte a la pretendida ideología del fascismo europeo en una abstracción. Roger Griffin establece que esta aproximación metodológica es más bien reciente ya que en el período de entreguerras estos movimientos nacionales trataron de mantener su autenticidad rechazando una dependencia ideológica. El análisis de Griffin continúa con la diferencia entre fascismo italiano y el llamado fascismo alemán, el nazismo. Esta diferencia ha sido remarcada por varios investigadores quienes vencidos por la imposibilidad de amalgamar al nazismo con el fascismo genérico ya han optado por dejarlo como fenómeno aparte. Así, declarar al nazismo como un fenómeno no fascista se está transformando en una necesidad académica, propia de los investigadores más lúcidos y rigurosos.
«Muchos académicos de los estudios fascistas han rechazado categóricamente al nazismo como uno de los fascismos. Por ejemplo, el investigador israelí Zeev Sternhell establece que el nazismo no puede ser tratado como una variante del fascismo. El biógrafo de Mussolini, Renzo de Felice y el investigador norteamericano del fascismo A. J. Gregor también rechazan la clasificación del nazismo como un fascismo». (Roger Griffin. Un siglo fascista)
Ramiro Ledesma Ramos en tanto, fundador de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacionalsindicalista), movimiento nacional indicado como fascista, escribía ya en 1936 con interrogantes en su libro ¿Fascismo en España? si era real la aseveración del despliegue del fascismo en territorio español. Ledesma respondía a los que indicaban que su propio movimiento, así como la Falange —el movimiento nacional de José Antonio Primo de Rivera— fueran fascistas como se sostenía generalmente. Ledesma estableció claras diferencias entre el fascismo italiano y el nacional sindicalismo de las JONS, además de tomarse la atribución de dudar de que el movimiento de Primo de Rivera fuera fascista, indicando su carácter más bien nacionalista y conservador.
«¡Lucha mundial contra el fascismo! Una consigna así dio la vuelta al mundo antes de que el propio fascismo tuviese tal cinturón de admiradores. En casi todas partes se organizó y propagó el antifascismo antes que el fascismo apareciese. Y obsérvese que la consigna antifascista no era exclusivamente protesta internacional revolucionaria contra el régimen de Italia, sino que se hacía de ella consigna nacional, contra las supuestas fuerzas fascistas del propio país. No hay ni puede haber una Internacional fascista. El fascismo, como fenómeno mundial, no es hijo de una fe ecuménica, irradiada proféticamente por nadie. Es más bien un concepto que recoge una actitud mundial, que señala una coincidencia amplísima en la manera de acercarse el hombre de nuestra época a las cuestiones políticas, sociales y económicas más altas. Pero hay en esa actitud mundial zonas irreductibles, que son las primeras en denunciar la no universalidad originaria del fascismo. Pues su dimensión más profunda es lo “nacional”. De ahí que el fascismo no tenga otra universalidad que la que le preste el soporte “nacional” en que nace. (…) Nada que sea propio y genuino de otro país encontrará aquí arraigo fundamental, y por eso las formas miméticas del fascismo están aquí felizmente proscritas». (Ramiro Ledesma Ramos. ¿Fascismo en España?)
El fascismo se ha transformado en la ideología más deformada de la modernidad. Errores de interpretación además de mala fe, han hecho que realmente nadie sepa que es el fascismo, ni siquiera muchos de sus adherentes. El reconocido investigador conservador Jonah Goldberg, en su investigación sobre la influencia del fascismo en la izquierda norteamericana, presenta un cuadro muy certero sobre este problema el cual vale la pena citar en extenso.
NUEVO CONSENSO«No hay palabra que se diga más fácilmente por gente que no sabe lo que significa que “fascismo”. De hecho, mientras más usa una persona la palabra fascismo es más probable que no tenga idea qué está diciendo. Se pensará que una excepción a esta regla es el mundo académico. Pero ni siquiera los profesionales han sabido decir qué es el fascismo. Innumerables investigaciones académicas comienzan con esta disculpa prehecha. Roger Griffin en su introducción a “La naturaleza del fascismo” escribe: “Es tanta la divergencia de opiniones que rodea el término, que es de rigor abrir una contribución al debate del fascismo con algunas de estas observaciones”. Pocos académicos que se han aventurado a una definición propia entregan claridad de porqué el consenso es tan elusivo. Griffin, una guía contemporánea en la materia, define el fascismo como “un genus de ideología política, con un núcleo mítico en una forma palingenética de populismo ultranacionalista”. Roger Eatwell dice que la esencia del fascismo es “una forma de pensamiento que predica la necesidad de un renacimiento nacional para formar una tercera vía radical y holística-nacional” Emilio Gentile sugiere “Un movimiento cultural que combina distintas clases, pero predominantemente de clase media la cual se ve como el agente con la misión de la regeneración nacional”. Mientras que estas definiciones pueden servir, lo que las hace más recomendables a otras es que son lo suficientemente cortas para poder reproducirlas. Ernst Nolte, figura central en la disputa histórica, tiene una definición de seis puntos llamada el “mínimo fascista”, la cual trata de definir al fascismo por sus opuestos, esto es, el fascismo es a la vez antiliberal y anticonservador. Otras definiciones son aún más complicadas. En una versión académica del principio de incertidumbre de Heisenberg, mientras más cerca se estudia el sujeto hay menos claridad. El historiador R. A. H. Robinson escribió veinte años atrás “Mientras que una gran cantidad de investigación, tiempo y energía mental se han invertido en el estudio del fascismo, este se ha mantenido como un gran muro para los estudiantes del siglo XX. Los autores del Diccionario histórico del fascismo aseguran sin perturbarse: “No hay una definición universal aceptada del fenómeno fascista, no hay consenso, siquiera en un pequeño rango, sobre el origen ideológico o modalidades de acción que lo caractericen. Stanley G. Payne, considerado por muchos el mayor investigador viviente del fascismo escribió. “El fascismo aún se mantiene quizás como el término político más ambiguo”. Hay investigadores que dicen que el fascismo ni siquiera existió, sino que sería una religión secular. “Poniéndolo de forma simple”, escribe Gilbert Allardyce, “hemos acordado usar una palabra sin ponernos de acuerdo cómo definirla”. Y si bien los académicos admiten que la naturaleza del fascismo es vaga, complicada y abierta a las más variadas interpretaciones, muchos liberales modernos e izquierdistas actúan como si supieran exactamente qué es el fascismo. Es más, ellos lo ven por todas partes, excepto cuando se miran a un espejo. Después de todo nadie debe tomar al fascismo en serio. Nadie está obligado a escuchar los argumentos fascistas, o preocuparse por los sentimientos o derechos de los fascistas. Resumiendo, “fascista”, es un término para “herético”, una marca para un individuo digno de excomunión del cuerpo político». (Jonah Goldberg. Fascismo liberal)
La confusión del mundo académico mencionada por Goldberg a la hora de aproximarse al fascismo felizmente ha venido siendo disipada por ciertos investigadores que han optado por concentrarse en elementos ideológicos concretos en vez de referencias vagas y prejuicios históricos. A. James Gregor, profesor de ciencia política de la Universidad de Berkeley, ha liderado el “nuevo consenso del fascismo”, una aproximación que le reconoce —por lo menos al movimiento de Mussolini— un cuerpo doctrinario coherente y abordable como a cualquier otra ideología política.
«Los intelectuales fascistas escribieron y publicaron muchos artículos y libros de apología como cualquier otro sistema. Es un argumento poco convincente que los autores de la Unión Soviética o de la China maoísta hayan sido superiores en todo aspecto a los intelectuales fascistas». (A. James Gregor. Los intelectuales de Mussolini)
James Wisker, filósofo y profesor de la Universidad de West Virginia, además de reconocerle al fascismo un cuerpo doctrinario bien definido, señala que este fue una doctrina revolucionaria que elaboró ideológicamente un modelo alternativo al socialismo para terminar con el Estado liberal burgués.
«El gran enemigo del fascismo fue el liberalismo (…) el fascismo encontró en el liberalismo a la antítesis de las necesidades de la clase trabajadora». (James B. Wisker. El fascismo, una interpretación)
Zeev Sternhell, investigador que podría ser incluido en el lúcido grupo del nuevo consenso, apoya también la interpretación del fascismo como una fuerza eminentemente revolucionaria paralela y diferente al marxismo, planteando que las dos doctrinas compitieron «por cual era la alternativa más radical» en promover «un nuevo tipo de civilización» distinta a la realizada por la cultura liberal.
La investigación de la ideología fascista de Mussolini está logrando salir de las tinieblas a las cuales fue enviada por el hegemónico mundo académico de posguerra. Los cientistas políticos del nuevo consenso están perfilando al fascismo como una ideología revolucionaria única, coherente y de alto nivel doctrinario. La ideología fascista poco a poco vuelve a enmarcarse en el exclusivo grupo de “Las Grandes Ideologías”, categoría de la filosofía política reservada a los movimientos políticos que lograron generar relatos doctrinarios que no sólo determinaban una visión política, sino que también una visión de mundo que abarcaba todos los ámbitos de la existencia individual y social.
Para investigadores como Emilio Gentile, historiador y profesor de la Universidad de Roma — que no debe ser confundido con el filósofo fascista Giovanni Gentile—, el fascismo no solo fue una doctrina política sino una visión de mundo que se transformó en religión política. En este sentido el fascismo fue junto al conservadurismo, el liberalismo, el socialismo, el nacionalismo y más tarde también el nacionalsocialismo, una verdadera religión secular, una cosmovisión que aportó todo un conjunto de relatos que servían tanto para la lucha política como también para el orden de la vida particular y espiritual. Estas grandes cosmovisiones fueron muy distintas a lo que en la actualidad es un partido político. Estos últimos carecen de la potencia doctrinaria para ser visiones de mundo, siendo más bien agrupaciones de intereses sociales. Las grandes ideologías en cambio se sustentan en cosmovisiones que no están dispuestas a transar o negociar sus postulados. Un partido político puede darse el lujo de abandonar su ideología si eso es retribuido con poder político. Pero una cosmovisión política no puede alterar su esencia sin desaparecer. En este último grupo estuvo el fascismo de Mussolini, el cual, si bien pudo oscilar en su devenir político y transformarse desde el inicial “Fascios Italianos de Combate” en “Partido Nacional Fascista”, para luego volver a modificar ciertos aspectos políticos en el efímero “Partido Fascista Republicano”, el espíritu que lo sustentó fue una cosmovisión coherente e inalterable.
IDEOLOGÍA REVOLUCIONARIAEl fascismo fue una ideología revolucionaria. Su objetivo fue destruir al orden liberal burgués predominante en las naciones europeas de principios del siglo XX. Como derivado de esos objetivos se enfrentó también al poderoso socialismo de tipo marxista, cosmovisión con la cual compitió a la hora de reemplazar el sistema. Destruir la cultura liberal imperante, sus valores, ética y sistema político, fue una convicción adquirida por Mussolini durante sus años de socialista italiano. Pero con el tiempo Mussolini abandonó la hoja de ruta revolucionaria elaborada por el socialismo de tipo marxista, para en cambio, pasar a desarrollar un camino propio y novedoso, una vía que se conocería más tarde como el fascismo.
En la doctrina socialista las predicciones de Marx auguraban que el determinismo histórico dialéctico invariablemente haría colapsar el orden capitalista para reemplazarlo por el comunismo obrero. Mussolini, bastante menos dispuesto a esperar eternamente estos procesos históricos, decidió reemplazar el determinismo dialéctico por la voluntad humana. Para Mussolini la motivación y voluntad provenía de las capacidades volitivas del hombre, es decir de su espíritu, condición que le permitía forzar los procesos históricos. La revolución mussoliniana fue ética y no materialista, ponía a la voluntad humana como un reflejo del espíritu, una fuerza poderosa capaz de lograr derrotar por si solo el orden de base económica. Esto produjo un cambio ideológico importante en el joven Mussolini y el inicio de un interesante proceso de elaboración dogmática que transformaría para siempre a la doctrina revolucionaria de Marx y Engels.
Para James Gregor, en su estudio sobre las transformaciones ideológicas de la doctrina revolucionaria, si bien los herederos de Marx no dudaban en considerar su legado como la base de la ideología socialista, al mismo tiempo planteaban dudas ante los innumerables vacíos y callejones sin salida que esta presentaba. Una de esas grandes omisiones fue el papel de la ética idealista en el frío mecanismo dialéctico. Si la historia era producto de los continuos colapsos de la organización productiva del hombre, debido a su vez al determinismo histórico y la dialéctica universal como planteaba el marxismo, entones qué papel jugaba la mente humana, la determinación, la voluntad y las ideas que no tenían relación con lo económico, como el idealismo, la identidad y la religión. Qué papel jugaban el instinto de procreación, el instinto de supervivencia y de lucha. Toda motivación que no estuviera claramente vinculada a la base económica representaba un desafío a la teoría marxista y un espacio abierto al reformismo y la heterodoxia.
En medio de esta crisis ideológica hace irrupción la teoría evolucionista de Darwin, una idea que explicaba de forma más elaborada las motivaciones humanas, la construcción y el progreso de las sociedades, el cambio de los organismos, entre muchas otras preguntas que habían preocupado por siglos a filósofos y pensadores. En la teoría de la evolución no se consideraba en lo más mínimo la especulación dialéctica del determinismo histórico marxista. La teoría de Darwin se consolidó como una verdadera teoría científica, certificable y bien construida, lo que produjo desazón y perplejidad en las filas marxistas quienes vieron como su teoría materialista carecía de la altura intelectual del darwinismo. El evolucionismo fue el primer sistema de ideas que amenazó la base ideológica del marxismo.
Es así como el marxismo entró en una etapa de revisión de sus postulados ideológicos de la cual no se recuperaría jamás y que produciría su irremediable fragmentación. Socialdemocracia, sindicalismo revolucionario, nacional sindicalismo, anarquismo, leninismo e incluso fascismo son algunas de estas variantes en donde conceptos como la importancia de la motivación humana, la raza, la nacionalidad, el papel de las élites, de los héroes y del determinismo histórico, el rol de las clases no obreras, entre tantos otros temas darán matices y variaciones a la heterogénea ideología revolucionaria.
ÉTICA REVOLUCIONARIAPara James Gregor el primer revisionismo marxista nació del propio Engels. La influencia evolucionista, ignorada por Marx, fue abordada por Engels de forma de no dejar como cabo suelto las importantes conclusiones científicas de Darwin. Engels estableció, sin mayor prueba, que la innegable lucha por la existencia y la selección natural propia de los organismos de la tierra de alguna forma dejó de ser preponderante en el momento en que el hombre se apropió de las fuerzas productivas, pasando a ser el uso de estas herramientas sociales el factor de mejoría evolutiva. Con estas ideas Engel trató de incorporar la lógica biologista al fundamento materialista del marxismo produciendo nada más que mayor confusión en las filas revolucionarias.
Un segundo intento, nos cuenta Gregor, fue el de Josef Dietzgen, teórico marxista quien también tuvo que caer en la heterodoxia vitalista para intentar dotar de prestigio científico al materialismo marxista. Dietzgen trató de hacer aparecer el concepto de lucha de clases como una variante de la lucha por la existencia. Pero para Gregor su objetivo fue contraproducente ya que, en vez de lograr establecer semejanzas resaltó aún más las diferencias entre estos términos. Otra herejía de Dietzgen fue establecer que si bien el proceso de evolución genética era distinto a la evolución histórica descrita por Marx eso no impedía que ambas actuaran a la vez. Para Dietzgen evolución genética y evolución social obedecían a leyes distintas que actuaban paralelamente en el hombre. Esta idea es para Gregor claramente antimarxista.
Karl Kautsky en tanto, otro importante ideólogo marxista, también intentó integrar la importancia de los instintos biológicos en el determinismo histórico, sin embargo, descartó que la lucha por la existencia tuviera hegemonía frente al materialismo. Por otro lado, Ludwig Woltmann se adentró en las peligrosas aguas de la revisión marxista, confesando que había aspectos de la ideología revolucionaria que ni Marx ni Engels habían resuelto bien, en especial en cuanto a la evolución de la ética, de la moral y las de dinámicas psíquicas de los productos humanos claramente no económicos como el idealismo. Woltmann sumó a la evolución social y vitalista un tercer camino evolutivo en el hombre, la evolución idealista, leyes diferentes a las productivas y las biológicas. Con esto, el gran problema del marxismo se agudizó, haciendo más visible lo estrecho del determinismo materialista para explicar todos los fenómenos humanos. A esta altura la voluntad humana, ya fuera biológica o idealista, no lograba ser sintetizada con el determinismo dialéctico por ningún intelectual marxista.
Para Gregor, otro gran heterodoxo marxista fue Lenin. La ideología leninista introdujo variantes desconocidas para la pureza doctrinaria original. Lenin fue el primero en señalar que la espera del cumplimiento de los procesos históricos que traerían consigo el derrumbe del capitalismo y la transición hacia el socialismo era estéril. Para Lenin era mejor asegurar el proceso revolucionario por medio de la toma del poder. Esa toma del poder debía ser a través de una élite de mentes conscientes que no necesariamente debía ser obrera. Para Lenin grupos de burgueses o también de campesinos podían trascender su consciencia de clase y actuar como agentes históricos revolucionarios. La vía al socialismo del Partido Bolchevique de Lenin fue completamente heterodoxa, forzada por una élite de voluntades burguesas desclasadas y actuando por sobre el determinismo de los procesos históricos dialécticos.
A estos ideólogos heterodoxos marxistas, Gregor suma a los elaboradores franceses e italianos. Georges Sorel, marxista francés que elaboró la herejía del sindicalismo revolucionario, hablaba del movimiento de la historia a través de las motivaciones humanas y los imperativos morales y éticos. Esta introducción de contenidos idealistas al marxismo es llamada por Gregor neokantismo o idealismo marxista. Roberto Michels, en tanto, sindicalista italiano, consideró a la reflexión moral como un agente de cambio en el comportamiento de la clase trabajadora italiana, desvalorizando con ello la desmesurada importancia del materialismo histórico. Michels fue uno los primeros en conectar el nacionalismo con el socialismo al sostener que el idealismo patriota no representaba una contradicción con el socialismo por ser ambos anhelos comunitarios y de entrega social. Tampoco la condición social era para Michels la única forma de asociación grupal y agente de cambio, abriendo la posibilidad a la formación de grupos sin base económica como agentes revolucionarios. A. O. Olivetti en tanto, también sindicalista italiano, habló del nacionalismo integral como ideología hermanada al sindicalismo revolucionario. Olivetti indicó además la importancia de los mitos en las dinámicas de motivación humana. Ya en los albores de la Primera Guerra Mundial, Felippo Corridoni, llamado el arcángel del sindicalismo, destacó el poder que tendría el mito guerrero para despertar al proletariado italiano, aletargado por su pobre iniciativa y falta de motivación.
Es así como el proceso revolucionario, descrito por Marx como un acontecimiento que trascendía la voluntad humana, radicando más bien en procesos universales, evolución social o leyes dialécticas de la historia productiva del hombre, perdió irremediablemente consenso en las filas de la ideología revolucionaria. Una serie de intelectuales surgidos del marxismo meditaron sobre otros factores que podrían derivar en la destrucción del Estado burgués, liberal y capitalista. Factores volitivos, morales, éticos y raciales, entre otras causas, arrebataron a la clase obrera y a las fuerzas productivas la hegemonía como agentes de cambio histórico.
El joven Benito Mussolini, intelectual del marxismo y dirigente del socialismo italiano, fue el sintetizador de toda la elaboración heterodoxa, devenida en herética, de la ideología revolucionaria. Tomando las ideas de una elite subversiva basada en espíritus guerreros y motivados por ideales no materialistas, elaboró ideológicamente las bases de un movimiento revolucionario de características únicas. Gregor concluye:
«Como Engels y Woltmann antes que él, Mussolini hablaba de comunidades genéricas, grupos de seres humanos como actores históricos. En otras ocasiones hablaba de grupos distintos a las clases sociales. Los describía como relacionados por sangre, lugar, interés intelectual. Más vinculados por afinidad que por interés de clase, condición que transformaba el sistema marxista. Hablaba también de comunidades en términos de cientos de años de tiempo evolutivo. Él hablaba de pitecántropos o humanoides, de grupos humanos existiendo en salvaje barbarismo mucho antes de que existieran clases sociales y que pudieran verse afectados por intereses de clase. Woltmann había entendido las obvias implicaciones de este tipo de ideas. Engels no. Mussolini no de momento. Sólo luego, en los años críticos del involucramiento de Italia en la Primera Guerra Mundial todos estos argumentos se juntaron en elaboración». (A. James Gregor. Marxismo, fascismo, totalitarismo)
Mussolini supo adaptar la ideología revolucionaria a la realidad, sacándola de las intrincadas predicciones de Marx, para llevarla a la vida concreta, aquella experiencia real fuera de las abstracciones intelectuales. Para el estallido de la Gran Guerra Mussolini estaba preparado para darle forma ideológica a todo el desborde de pasión nacionalista y sentimiento guerrero. Si bien el evolucionismo asestó el primer gran golpe ideológico al marxismo, el nacionalismo nacido en la efervescencia previa a la guerra mundial fue el segundo y Mussolini ciertamente aprovechó esta coyuntura para darle un nuevo impulso al alicaído movimiento revolucionario. «El sentimiento nacional y el nacionalismo político pasaron a ocupar la atención de muchos marxistas revolucionarios», comenta Gregor, «Para 1910 Sorel hablaba de asociación en términos de tribus y ciudades estados de la antigüedad». Dentro de los problemas que afectaban a la teoría marxista el nacionalismo surgió con particular insistencia.
La ideología de Mussolini era mucho más libre, menos dogmática e intrincada que el marxismo. Se basaba en el sentimiento, en la voluntad de las personalidades libres y heroicas. «El futuro del proletariado es cuestión de voluntad de poder y capacidad» dijo Mussolini en sus primeras alocuciones. Y es que con la Gran Guerra el ideólogo socialista se transformó en un guerrero revolucionario y para eso el marxismo como fundamento ideológico era completamente estéril. Mussolini comenzaba así su camino de elaboración ideológica que desembocaría en el fascismo italiano.
Vida como lucha, motivación heroica, ética guerrera, la acción como una dimensión espiritual; la creación de élites de selección, la creación de un orden social basado en la unión de las motivaciones idealistas y espirituales, fueron todos los conceptos claves de la cosmovisión fascista. Valores que se presentaban totalmente contrarios al orden burgués y a la ideología marxista, elevándose como elementos de una nueva revolución social. En este sentido el Duce sentenció:
«La revuelta fascista, y aquí podemos utilizar la sagrada palabra revolución, está inspirada en motivos morales, por lo que no tiene relación con incentivos materiales» (Benito Mussolini. Discurso en Ferrara 1921.
-Carlos Videla. El espíritu del fascismo: Una investigación sobre el fundamento ideológico del movimiento fascista italiano (1915-1945)
Pueden conseguir el libro completo en: https://editorialeas.com/autor/carlos-videla/