EL LIBERALISMO DESTRUYE LAS CONDICIONES ORGÁNICAS DEL ORDEN
La historia de un pueblo, de una comunidad, de una familia y la propia historia personal cualifican el dinamismo específico del hombre dándole un matiz peculiar, una modalidad única e inalterable que distingue e individualiza. Un animal no tiene historia y menos todavía un pedazo de materia inorgánica, a no ser que por él hubiera pasado la mano del hombre.
El hombre liberado de todas sus excelencias y con vertido en presa del animal colectivo por la excitación permanente de sus apetitos sensibles —hambre, sexo, miedo— se disuelve en la masa y pierde su relación orgánica con las asociaciones naturales, esas que nacen de la historia, el amor, la vocación profesional, la amistad.
Convertido en individuo genérico y desligado de sus lazos comunitarios, este hombre sin familia, sin casta, sin estirpe, sin privilegios ni amistades es el hombre masa por antonomasia, el sufragante universal, el beneficiario de una serie de derechos abstractos: declamatorios y falsos. Se lo declara libre de todas sus raíces existenciales y en condiciones de forjarse un destino a su gusto, como si la finalidad de su vida dependiera de sus antojos. Decide si hay Dios o no lo hay, opina lo que quiere sobre un montón de cosas de las que no sabe absolutamente nada y se considera en condiciones de hablar con autoridad sobre el mejor régimen político para conducir la humanidad hacia su felicidad.
Los burgueses liberales sabían que, para hacer un médico, un abogado o un modesto artesano había que aceptar la existencia de una institución dedicada al cultivo de esas disciplinas y adquirir en ella todos los conocimientos y ejercicios que colaboraran en el perfeccionamiento de un saber técnico, pero fingían ignorar, o tal vez ignorasen efectivamente, la existencia de instituciones análogas para lograr un buen desarrollo en las dimensiones religiosas y morales. No se alcanza la plenitud del espíritu en ninguna actividad sin escuela y sin la presencia ejemplar, socialmente reconocida, de quienes están más adelantados en el camino de la ciencia, del arte, de la santidad, del honor o del comando.
La libertad en un sentido tan vasto y universal como lo quieren los liberales no existe. Existen las libertades y estas tienen que estar adecua as con las exigencias cualitativas de las personas. Son una conquista social, no una dádiva. Se adquieren como resultado de un esfuerzo personal constante y firme. Dar a cada uno según su derecho es el propósito de una voluntad justa, pero el derecho de cada uno no puede estar medido con el mismo rasero, como si el mediocre tuviera los mismos derechos a la veneración y al respeto que el hombre egregio.
Con el pretexto de liberarlo de las presiones dogmáticas de la fe y las disciplinas tradicionales que han hecho sus pruebas en el curso de los siglos, se lo abandonó a la improvisación y a la charlatanería en las direcciones más importantes de su formación espiritual. Se lo declaró libre, autónomo, absoluto, dueño de la verdad y de su destino, en perfectas condiciones para asegurar, bajo su responsabilidad personal, que no hay cielo ni infierno ni purgatorio.
En las otras disciplinas del espíritu —arte, ciencia, economía— debe someterse al control de autoridades reconocidas, a un elenco de verdades establecidas con su imprimatur universitario, Para poder ejercer una profesión debe dar cuenta, ante esas mismas autoridades, que ha sabido recoger con idoneidad la lección venerable y repetir sin errores el santo cate cismo provisto por los estatutos de la profesión.
Los liberales querían tener buenos médicos, abogados capacitados, excelentes ingenieros, pero les importaba un rábano la disposición interior de los hombres. Si había un Dios, que cada uno se las arreglara como pudiese y, si efectivamente existía una verdadera religión, un auténtico contrato hecho por Dios para exigir de los hombres una conducta determinada, tenían un gran apuro en desconocerla porque afectaba sus negocios, aunque más no fuera creándoles problemas de conciencia. Esa religión pretendía meterse en las horas de trabajo, en los índices de interés, en la calidad de los negocios y creaba en las mentes un criterio erróneo de aquello que era la santa economía.
Conviene recordar también que la libertad, entendida en el único sentido en que todos la podemos entender, como libertad de hacer algo, no armoniza con la igualdad. En un sistema de libertades con cretas, otorgadas según méritos, no es posible la igualdad. Por el contrario, cuando la igualdad se impone en el terreno del derecho, las libertades tienden a desaparecer.
El liberalismo insistió en la libertad y en este sentido era un claro sucesor del régimen feudal aristocrático, pero, al revés de su antecesor, lo hizo como un medio para librarse de las autoridades religiosas, políticas y comunitarias.
Los hombres de negocios pensaron que con la prédica de la libertad de conciencia, al par que se libraban de los enojosos compromisos con reyes e inquisidores, podían campar por sus fueros en el único terreno que les interesaba: la libertad de enriquecerse. Era ahí donde los mandatos de la tradición y de las potestades históricas hacían sentir el peso del autoritarismo.
Con el santo propósito de auspiciar las “riquezas de las naciones” lanzaron su ataque concentrado contra la Iglesia y la monarquía para conquistar el derecho de dirigir el mercado, pero, al mismo tiempo, destruyeron los lazos ancestrales de la obediencia el respeto sagrado a las jerarquías y la íntima contención de las pasiones. Las consecuencias más o menos inmediatas fueron la aparición de un hombre sin vida interior, sin temor de Dios, sin fe, sin espíritu ni conciencia.
—Rubén Calderón Bouchet. 1989. Una introducción al mundo del fascismo. pág-26-29.