(Publicado originalmente en la revista Gladius, Junio del 2011)

Decía el gran Thomas Carlyle que “los grandes hombres del pasado nos llaman afectuosamente”. Ese requerimiento fue el que sentimos arder en nuestro corazón para bucear en las enseñanzas que en el impreso y el accionar nos dejara la juvenil longevidad de Luis Alberto de Herrera. El objetivo que nos propusimos posee un ancho campo para los que amamos la historia y porque no somos ni archivistas ni hurga dores rogamos a Dios Nuestro Señor nos concediera, por unos minutos, detener la segunda muerte del pasado. Pero cuidado, esto no al modo de los embalsamadores, sino para asir las amarras que componen la santa tradición y atisbar el futuro. Con estas frases resumimos lo que nos mueve a valorar a Luis Alberto de Herrera como figura rioplatense e hispanoamericana. Hoy, cuando la Patria Grande Rioplatense parece hundirse en la negación inmanentista gramsciana se hace necesario volver al Gran Señor que vivió en guerra con el nihilismo enemigo natural de nuestra alma dinástico-histórica.

La vida física de Don Luis Alberto se desarrolló entre el 22 de julio de 1873 y el 8 de abril de 1959. Sumaron sesenta y cinco años de actividad como periodista, ensayista, historiador, político, diplomático. Su enemigo fue, como se ha dicho, todo lo disolvente. Así, las modas, como las ideas perversas, las costumbres y los fariseos que, al decir de Eduardo Víctor Haedo: “como buen hidalgo español después que vencía los olvidaba”.

De sus antepasados y niñez escribió en el primer tomo de la Edición Homenaje titulado Sin nombre: “En estos países todo es nuevo y todos somos de ayer. La mejor genealogía es la de la conducta. Así tomamos la pregunta, mejor contestada en el libro de Azarola Gil, Veinte estirpes del Río de la Plata. De todas maneras no podemos dejar de exponer al lector algunas expresiones nacidas de su pluma: “Por padre, abuelo el coronel Luis de Herrera, Ministro de Guerra, Oficial de la escolta de Alvear en Ituzaingó, participa con Rivera en la Conquista de las Misiones Orientales, antes en Ombú y Camacuá. Senador, muere expatriado”. “Fue su padre [mi bisabuelo] Luis de Herrera, argentino trasladado a Montevideo como funcionario de la Real Hacienda. Fue su madre [mi bisabuela] Gervasia Basabilbaso, argentina, hija del primer Director de Correos de Buenos Aires. […] Mis tíos, Alfredo, educado en París, luchador, industrial, muy criollo, vivió en el campo. Mi otro tío, Luis Pedro, ultimado malamente por los sublevados del general César Díaz, a los 26 años. Dispersos sus soldados quedó solo con su asistente, siendo degollados sin rendirse. Por él me pusieron Luis”.

Mi madre, Manuela Quevedo y Alsina. De padre argentino y madre Oriental. Ella nos imprimió su sello. Era señora de su casa atenta, siempre y sobre todo, a la devoción familiar. Cordial y sonriente en lo externo, era inflexible en el abono de una conducta regida por una inconmovible religiosidad. Cuando chico me estaba impuesto leer antes de dormirme una parábola de los Evangelios… Ciertamente entonces no comprendía su profundidad, pero aquella fue piedra –de la buena echada a carradas en los cimientos […] Era mi padre, grave, callado, parecía siempre abstraído. Yo le tenía un respeto idolátrico que lo colocaba en un plano superior al modo de los españoles”. “Físicamente un noble ejemplo humano. También así en lo espiritual. Repudio instintivo a las cosas inferiores. Orgánicamente austero. Sin empaque, sin arrogancia, sin embargo su presencia llamaba a preguntar: ¿Quién es? Parecía que naturalmente sólo se le podía decir «Don Juan José»”

Los que conocimos a Herrera podemos dar fe que en nada faltaron a la verdad quienes hablaron de una personalidad con elementos alta mente atractivos. Alto y recto como una lanza. Aguileña la nariz luciendo un impecable y recortado bigote blanco. Unos ojos fulgurantes que podían sonreír o ser muy duros. Se comprendía su ascendiente al observar esa mirada que podía asomarse al alma de los demás. Humor a flor de labios, con una picardía criolla con la que amenizaba la conversación haciéndola muy agradable.

Quien esto escribe lo recordará siempre con el gesto amplio y repo sado. Parecíame, en mis veinte y pocos años, estar delante del mismísimo Alonso Quijano por la firmeza y decisión con que planteaba la estrategia para la victoria de los altos ideales. Concebía la Patria con las pautas clásicas. Comunidad Organizada y aliento telúrico. Legado de los muertos, en comunión con las generaciones del presente. Des confianza en las corrientes de los recién llegados porque pudieran torcer la forja. Respecto a esto doctrinó con acerada firmeza: “Me refugio en mi raza, yo no tengo interés en que vengan otras aunque sean muy adelantadas a imponerse como cuerpo con plan ulterior –cuanto más plutocráticas más temibles– en el campo de nuestros sentimientos, de nuestros afectos que queremos sean inextinguibles, castizos, que no pierdan su profunda huella”. En alguna oportunidad al llegar, en horas de la mañana, a la Quinta, se nos daba licencia para invadir la intimidad de la casa y subir los veinticinco escalones de la planta baja al primer piso donde, en su habitación, el Caudillo leía. Bien pronto, llegando al dormitorio, se echaba de ver una franciscana cama de hierro entre dos mesillas de noche cargadas de libros. Entonando con el austero lugar, y colgadas en las paredes, las bendiciones de Benedicto XV, Pío XI y Pío XII. Al lado de ellas la oración “Señor, hazme instrumento de tu Paz”. Con su cordial recibimiento de “siéntese amigazo” y su conversación sobre algún tema histórico que estaba releyendo pude redondear mi convicción de estar identificado con la divisa Blanca. Aquella que, en sentido de antipartido, el Presidente General Manuel Oribe y Viana dispuso, en agosto de 1836, la llevasen las Fuerzas Armadas y los funcionarios del Estado como Símbolo de Unidad ante la anarquía convocada por los cipayos de casa. Sin duda hubo en la elección de este distintivo, por parte de quien llevaba por línea materna sangre del Cid Campeador, una definición tradicionalista que brotaba de los manaderos de la raza. Por ello con el correr de las décadas he advertido la pureza que surge de su blancura con tonalidades de Carlismo Defensor de Fueros. Entrañas que nos conducen hasta la Verdad que Donoso Cortés resumió para los siglos: “todo planteo político tiene debajo una posición teológica” Desde aquellos lejanos días pues, ser Blanco fue y deberá seguir siendo rechazar el ateísmo, el liberalismo con el marxismo, repudiando la servidumbre a intereses inconfesables.

Las patriadas de Aparicio Saravia tuvieron al joven Luis Alberto como combatiente. Primero en 1897 y nuevamente en 1904, cuando renunció a su cargo de Secretario de la Embajada Oriental en Washing ton para ponerse el poncho patrio, calzar la bota militar y empuñar el sable, la tacuara o el máuser junto al Caudillo gaucho cuyo retrato y definición nos dejara Manuel Gálvez en la magnífica biografía que dedicara a Luis Alberto de Herrera. Llegados a este punto conviene una atenta consideración de nuestra historia en el filo del siglo XX. En la base, una dicotomía entre ciudad y campo. Las facciones políticas (no deberíamos llamarlas “partidos” pero lo vamos a hacer para una mejor comprensión) sufren una ruptura lenta pero profunda. El Partido Colorado originalmente de Fructuoso Rivera y luego de Venancio Flores acusa y acelera un cambio hacia la disolución de su estructura tradicional. Sus nuevos prohombres se habían formado en las abstracciones del racionalismo y estaban embebidos del delirio liberal positivista tan en boga en las últimas décadas del siglo XIX.

Ya era la agrupación política de la ciudad. La fracción blanca, como dijimos anteriormente, surgida como antipartido en tiempos de Oribe se la reorganiza como Partido Nacional en 1872 enfrentándose a los tradicionalistas que no querían olvidar a Oribe y Rosas. Esta es una de las razones del cambio de nombre que lleva adelante el elemento doctoral principista. Y lo reafirmarán el 5 de junio de 1872: “El Partido Nacional seguirá llamándose así a despecho de los que quieren encontrar Blancos donde no hay más que nacionalistas”. Desde esta perspectiva se comprende que la llamada dirigencia nacionalista poco podía disentir en punto a lo doctrinario de sus congéneres del coloradismo en el gobierno. Se sentirían incómodos y hasta indignados por la falta de transparencia electoral, pero estaban conformes con los mecanismos organizativos del país. Cuando la dirigencia “nacionalista” viajaba al interior a entrevistarse con el General Saravia en pocas horas se desplazaba entre el naciente siglo XX y los tiempos medievales. Dos mundos difíciles de conciliar, sus visiones e intereses eran absolutamente opuestos. En la campaña Oriental, como en toda nuestra América rural, la presencia hispánica había dejado una concepción política de fundamentos medievales. La manera de concebir la vida incluía una alta valoración de los fueros que amparaban los estamentos y cuerpos sociales cuya consecuencia era el frecuente enfrentamiento con el poder central absolutista. Con justeza, un estudioso de estos temas, a quien atendemos con respeto, el Capitán de Fragata (RE) don Juan José Mazzeo Rocha, lo señala con claridad. Escuchémosle: “pensar que la paisanada vivía en un orden de cosas compatible con la democracia liberal y sus prácticas, es un error histórico si se lo piensa, y una mentira lisa y llana si se lo enseña. El campo no era una escuela de principios democráticos. Sus habitantes poco podían compartir las preocupaciones de los señores ilustrados con visos masónicos simplemente porque ocupaban dimensiones distintas. En la mentalidad de aquellos criollos, aunque no lo expresaran con fiorituras, era el sistema mismo al que cuestionaban”. Y continúa en párrafos que suscribimos en su totalidad: “fueron la hondura extraña al alma nativa los cambios injertados por el batllismo marxistoide en el tronco colorado los que abrieron brecha en la sociedad, y el talante prepotente de José Batlle con su “ingeniería política” los que precipitaron las hostilidades!” Ellas fueron deseadas por ese hombre de la ciudad a la que tan fielmente representaba. “De allí que no sea correcto hallar esas causas en “pucherazos electorales” que por lo demás sería una excusa infame para ir a una guerra cuyas inevitables calamidades resultarían desmesuradas si se las compara con la provocación”. Fue así, en la defensa de valores y fueros supremos que les pertenecían y dentro de los cuales sabían vi vir, que se alzaron los Blancos con Saravia, lo que legitimó en modo pleno el pronunciamiento de 1904 que finalizaría con la derrota, al caer, mortalmente herido en la Batalla de Masoller, el Arquetipo de las Virtudes de Nuestra Raza, que la campaña gaucha llamará por siempre “El Águila Blanca del Cordobés” Todo lo antedicho fue intuido por el apostólico sentido caudillesco del joven Luis Alberto en las campañas a lanza y sable y en los fogones blancos con sus camaradas. Allí apren dió a valorar a los Caudillos de la tierra, lo que lo llevó a engrosar la primera fila del Revisionismo Histórico. Herrera a través de los años irá redescubriendo lo Blanco en las raíces imbricadas con sentido hispánico en las tradiciones federales que informaron y nutrieron el tronco de ñandubay de Nuestro Ser: José Artigas, Manuel Oribe y Juan Manuel de Rosas. En este punto, se hace necesario resaltar la dimensión intelectual del “Gauchi-Doctor” Tal como señalara el doctor Carlos María Velázquez: “Un verdadero Señor de las Ideas que nunca supo disimular el desprecio que le merecía el tipo de pedante semiculto que suele ser característico de parte de nuestra clase universitaria y «doctoral»”. Como Conductor fundó su política en una metafísica “vertebrando esa metafísica en un sistema de pensamiento riguroso”.

Levantar y pulverizar la pesada lápida puesta sobre Oribe y Rosas fue tarea fundamental. La Patria Grande desconocía su pasado, y como afirmaba Unamuno, “para realizarse hay que conocerse”. De esta manera lo decía Herrera en un artículo de abril de 1944: “No se concibe una buena política si no se apoya en la sólida base que proporciona la Verdad histórica”.

Consideramos merece especial destaque señalar en las concepciones herreristas la influencia del tradicionalista francés Maurice Barrés. El análisis de la importante obra de este autor, Los desarraigados, que realizó en 1906, le mostró hasta qué extremos puede conducir a los jóvenes del campo el abandono de los lares, la conducta y las tumbas de los antepasados. El desarraigado de la obra tenía por causa un profesor kantiano que desde la cátedra infundía “una moral universalista e inmanentista” Respecto a ellos Herrera gustaba decir que “son renegados en su medio y bastardos en el ajeno”, afirmando en su libro Sin Nombre: “¿Acaso penetran y se independizan del núcleo social desdeñado para ganar plaza en el que se anegan con absurdo delirio? Nada de eso, cristalizan en el no ser y para disimular su impotencia parasitaria agudizan el comentario hostil… Cráteres apagados, donde en sustitución del calor patrio anidan los fríos glaciales del egoísmo”. Los veintinueve volúmenes de su obra son de definición y compromiso con Hispanoamérica, en especial con las personalidades de la Ecumene Platense. De los excelentes tomos titulados Seudo Historia para el Delfín, donde llama a Don Juan Manuel de Rosas el Luis XI criollo, extraemos este párrafo definitorio: “El mitrismo y sus agentes apendiculares vestidos de la gravedad infalibles de las logias, declararon baldío la época de Rosas. Con inspiración propia no se podía entrar a leer su expediente, había que repetir su sentencia inapelable. ¡¡Lo que no debe la Argentina y América en sus aspectos centrales al poderoso varón de tanta capacidad como temple!!”. La comprensión de Manuel Oribe, como Oficial le Artigas, Segundo Jefe de los Treinta y Tres Orientales, significó además descorrer la Leyenda Negra, mostrando al Estadista y al Estratega “cuya Espada cansó a la Victoria” sellando, en la batalla de Arroyo Grande, la Unidad Argentina. Después, desde Villa Restauración, en Alianza con Don Juan Manuel, enfrentó al cañón de Inglaterra y de Francia. Al Crimen de la Triple Alianza contra el Paraguay y la epopeya del Mariscal Francisco Solano López le dedicó varios y muy importantes estudios. La base incuestionable: los archivos de su padre Ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Berro. En El Drama del 65, como en Antes y Después de la Triple Alianza, dio plena demostración a la “íntima concordancia de intenciones existentes entre las dos cancillerías: la que asintió el atentado y la que lo consumó”. Bartolomé Mitre, los Braganza y el sicario Venancio Flores desnudados en la conspiración comenzada con el martirio de Paysandú. Ante la labor de Herrera, Primer Revisionista de esa trágica etapa, el Paraguay reconocido lo hizo, en 1912, Ciudadano de Honor, concediéndole el grado de General de su Ejército. A comienzos de la década de los treinta se le vio, voluntario, en los esteros guaraníes, luchando en lo que el mundo llamó Guerra del Chaco. Cumplía con una deuda de honor y probaba “su pertenencia a un pueblo de soldados”. Toda su obra es de significación, pero La Revolución Francesa y Sud América fue uno de sus mayores éxitos. Unamuno saludó su aparición y Teodoro Roosevelt tiró el guante para una entrevista en el Ateneo de nuestra Capital que conmovió a San Felipe y Santiago de Montevideo. Todo el libro es un alegato contra el ideologismo abstracto y racionalista que atomiza la sociedad. La Nación es una suma de individuos. El autor, realista en un todo, definía esta concepción “como soberbia destructora de los universitarios”. Pero mejor leamos algunos párrafos de la obra: “Las quimeras de 1789 y el modelo de sus fulminaciones de toda especie al sedimento social aportado por las generaciones, nos apartaron de la ruta experimental, olvidadizos de que las hojas y las flores deben su esplendor a la savia traída por las raíces de lo hondo de la tierra”.

Por esa razón, Herrera tira certero a la antropología roussoniana:

“Siempre el evangelio de Juan Jacobo inspiraba el derrumbe total”.

“En nombre de esa retrogradación a la fraternidad pura, se llevó contra la sociedad el ataque más pavoroso que registra la historia”.

“Con locura sectaria se persiguió hasta en sus raíces más hondas al orden establecido legitimando a pretexto de beneficio final, los más increíbles atentados”.

“Sólo se quiso la propaganda de la muerte, de la confiscación y el saqueo”.

En todo el libro que nos ocupa, en la fuerza que le imprime Herrera al término jacobino, están presentes Barrés, Maurras y Taine. Con esa palabra designa a la ideología negadora del pasado, así como la estampa para condenar la nefanda violencia anticatólica. El estudio y el trabajo no le impidieron presentar como Diputado (febrero de 1906) un proyecto de ley para limitar la jornada obrera de diez a ocho horas. Su lucha contra el batllismo no cejaba. Vaya el ejemplo de una nota editorial de 1932 publicada en su diario, la que curiosamente parece escrita para los días que corren. Hela aquí, en sus párrafos claves: “¿Qué no han hecho para destruir el orden, romperlo deshacerlo e incitar a todas las anarquías? ¿No se ha atacado despiadadamente la propiedad privada? ¿No hemos visto a las autoridades escolares editar y recomen dar lecturas anárquicas a maestros y niños? ¿No se ha hecho acaso tesis de la repartición soviética del haber de los particulares? ¿No se fomentó la barbarie espiritual quitando los crucifijos de los Hospitales? ¿No se agotaron en la disolución de la familia llegando al extremo tres veces culpable de incitar a las uniones irregulares como signo de avancismo? ¿No se ha convertido el país en cuartel general de los indeseables del mundo? ¿No han destruido al Ejército?”. Denuncia descarnada que tituló “El Peor Enemigo”.

Caballero de estirpe hispánica, nunca desconoció su ascendencia. Sin dudar se pronunció favorable a la Cruzada de 1936. La fuerte afinidad con el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera afirmada en la “Unidad de Destino en lo Universal” lo hizo integrar la Falange como simpatizante hispanoamericano. José de Torres, dirigente de la Falange Española, le escribía en 1940: “Quiero aprovechar esta ocasión para testimoniar cuánto le agradecemos Falange y yo personalmente el afecto con que usted mira esta organización, como así su labor en el terreno político a favor de la Falange. Recibiré con mucho gusto y como un honor los donativos que en forma periódica u ocasional Ud. haga para la Obra Social de la Falange en el Uruguay”. Así habló en 1939 en momentos que visitaba Burgos: “El Generalísimo Franco realiza el destino de los hombres Providenciales. Está haciendo historia. Saldré de España con un íntimo goce filial. Esta sí, es España. Esta sí, que es la España concebida por los mejores ensueños de sus buenos hijos”. En 1946, desde su diario El Debate, como desde todas las tribunas, la defendió cuando la siniestra conjura internacional utilizaba la ONU para bloquearla y ahogarla por hambre.

Afirmando su racial latinidad estaba consustanciado con la itálica progenie que, civilizando, siempre derramara su sudor y sangre en el trabajo y el combate desde el Septentrión al Austro. La luz de estos va lores marcaron la simpatía que mostró por Benito Mussolini. La posición del Caudillo Oriental ante la Italia del Lictóreo la señaló de frente y sin cortapisas. Decía en julio de 1937 en discurso público: “En ninguna parte de Europa he presenciado más convincente un espectáculo. Los ideales ya hechos polvo, y dispersados como los mármoles del Foro mutilado, reocupan su puesto ostentando otra vez el broncíneo vigor de una epopeya civil, grande, maravillosa. Se trata de un nuevo Risorgimento, puesto que en lugar de la lucha entre facciones es la Comunidad marchando hacia nuevos destinos. Al centro de este formidable movimiento de almas, civil, patriótico y social, como propulsor de la inmensa obra se destaca la figura extraordinaria de Benito Mussolini que llena la época contemporánea”

Años después de terminada la contienda mundial, en una de las salas de la Quinta, los que visitábamos al Viejo Caudillo podíamos ver una gran fotografía del Duce de Italia. Conmovedora lealtad para el amigo cuando ya no estaba en “olor de popularidad”, y no era redituable exhibir la efigie del asesinado César. Allí estuvo hasta que fallecido el veterano Jefe, un “historiador y museísta” ya desaparecido y del que no queremos recordar su nombre, la llevó a ocultos desvanes o tal vez al incinerador. Produce tristeza pensar que en la misma casa del Adalid de la Verdad Histórica se le haya tergiversado orwellianamente por razones de rastrera política comiteril. El período 1940-1947 fue de grandes conmociones y no sólo en el campo internacional, sino en la vida de la República Oriental. El régimen antibatllista instaurado por la Revolución de Marzo de 1933 con el acuerdo del Dr. Herrera y el Presidente Dr. Gabriel Terra comenzó su agonía con la defección del Presidente General Baldomir (sucesor de Terra) y la formación de un frente “democrático” aliadófilo distante del neutralismo que por dignidad debía mantener la República. La tensión de 1940 llegó a su punto máximo cuando La Nación de Buenos Aires publicó una nota tomada del New York Times en la que se daba cuenta de negociaciones entre el gobierno uruguayo y los EEUU para la instalación de bases militares en Punta del Este, Montevideo y Colonia. El 21 de noviembre de1940 el Jefe Civil junto a sus quince Senadores presentó batalla y fue victorioso. He aquí algunos conceptos de su intervención en la Cámara Alta.

“Esas bases serán para los EEUU […] Precisamente por proyectarse y por pensar que esas bases son para los Norteamericanos, tengo mayores motivos como latino y como filial de españoles y sudamericano para temerlas […] cada día siento y comprendo más a nuestra raza. Nosotros somos latinos ibéricos y también bastante italianos –en este Senado la mitad de sus componentes llevan esa sangre magnífica–, nosotros no pertenecemos a las razas rubias, somos ramas de las ibéricas y a mucho honor”.

La política obsecuente cayó pulverizada. El rotundo NO del Caudillo Blanco conmocionó a los hispanoamericanos que “no querían ser peones del ajedrez ajeno”. La Patria Grande lo saludó de pie. En este sentido y con gran nobleza lo visitó (diciembre de1 40) para homenajearlo una delegación argentina encabezada por el General Juan Bautista Molina e integrada entre otras personalidades por el Dr. Manuel Gálvez. Comenzó entonces contra el herrerismo y su Jefe Civil el más formidable embate conocido entre nosotros. Todos los grupos políticos encabezados por batllistas y comunistas, con socialistas, democristianos y liberales anti-blancos agrupados en el Partido Nacional Independiente, junto a las agencias internacionales, la prensa, y hasta los servicios de inteligencia de los aliados, emprendieron una acción total contra Herrera que enfrentó la “embestida baguala” diciendo: “La quilla de nuestro barco hiende mejor las aguas embravecidas”. Mientras tanto Baldomir, pensando en su continuidad en el Sillón Presidencial, con la bendición de Londres, tejía la trama para el “Golpe bueno” (sic) que se produjo finalmente en Febrero de 1942.

Un mes antes, (enero de 1942), haciendo gala de una gran obse cuencia, fue el primero en acatar la “recomendación” de la reunión de Cancilleres en Río de Janeiro interrumpiendo las Relaciones diplomáticas con el Eje. En el contexto internacional los hechos estaban cambiando. La Alianza de las finanzas y el capitalismo con el leninismo stalinista comenzaba a campear victoriosa. Se dieron entonces sucesos en la vida interna argentina, que adquirió nueva tonalidad con la Revolución que encabezada por militares nacionalistas estalló el 4 de ju nio de 1943. De inmediato se aprobó una “Comisión de Actividades Antinacionales”. De esos días son las “Listas Negras” donde se declaraba el total boicot a los comerciantes de origen alemán o italiano. De hecho marcaban además la muerte civil hasta de los que se atrevían a entrar con alguna regularidad en esas tiendas. Estaban en escena lo que el Caudillo llamó “Tribunales Venecianos”. Se estableció el delito de opinión en nombre de la tolerancia. Atentados y amenazas de muerte lanzadas por los libelos bolcheviques. La Casa Quinta de Herrera debió ser custodiada por la “Juventud Herrerista”, que se turnaba noche y día. Mientras tanto el intento de instalar las “Bases Malditas” (Herrera dixit) reaparecía en 1943-44 para evitar la consolidación en la Argentina de una situación que se ubicaba lejos de los cánones del “Orden” de quienes se estaban preparando para repartirse el mundo. Con esos objetivos el mejor situado geopolíticamente era el gobierno de Montevideo que presidía el batllista Dr. Juan José de Amézaga (1943-1947), ex abogado de la Compañía Británica de Tranvías. Nuevamente negociaciones secretas para una instalación militar, con pistas para operaciones aéreas en Laguna del Sauce. Otra vez Herrera presentó batalla con sus viejas rotativas de El Debate. Así decía: “Sin una sola vacilación toda nuestra simpatía con la República Argentina tan injustamente atacada”. Incansablemente martillaba: “Esas bases de Laguna del Sauce no pueden ser instaladas frente a los canales del Plata porque sofocan toda la red fluvial y la autonomía de la Argentina mil veces hermana”, y continuaba en forma aún más categórica: “Lo deplorable es que se quiera asociar a las Patrias americanas y latinas a la gran farsa de los plutócratas neoyorkinos que a río revuelto aprovechan la oportunidad para pescar”. La segunda intentona finalmente abortó su engendro por el accionar y el coraje de aquel incansable Caudillo a la vieja usanza. La Guerra agonizaba y la República Oriental entraba en la órbita de influencia norteamericana. Ya estaban restablecidas las relaciones diplomáticas con la URRSS negociadas por el Canciller Guani con el embajador Livitnoff, que representaba a Stalin en Washington. En tanto se pactaban deudas con el EximBank y se tomaban millones de dólares de la Ley de Préstamos y Arriendos para equipar las FFAA uruguayas. El nuevo Canciller Eduardo Rodríguez Larreta, autor de la humillante Doctrina de Intervención Multilateral, continuó la línea de sus antecesores (Guani y Serrato), que no era otra que sumisión a las nuevas potencias hegemónicas. En el orden internacional la reunión de Yalta desde el 6 al 11 de febrero de 1945 entre Churchill, Roosevelt y Stalin con sus ministros, nos mostró una nueva y lamentable expresión de obediencia a los que, repartiéndose el mundo, hacían marcar el paso en nombre de las libertades democráticas. No es bueno hurgar en las miserias, pero a veces es preciso hundir el escalpelo para extraer el pus evitando repetir errores. Así le daremos verticalidad a la política de una Cancillería que, como la nuestra, cayó por debajo de la horizontal. De esta manera comprobaremos como se llegó a la declaración de Guerra a los ya vencidos, mostrando las sinuosidades de la reunión inicua. Para ello debemos observar a la delegación norteamericana.

Ella se desplazó hacia Crimea por mar y aire manteniéndose en permanente contacto con Washington por medio de la estación inalámbrica del barco U.S.S. Catoctin. Entre los acompañantes de Roosevelt figuraba, en su carácter de Secretario de Estado, Edward Sttetinius.

Poco después de abandonar el cargo Mr. Sttetinius redactó unas memorias de aquel inmoral acontecimiento diplomático. El libro lo tituló Roosevelt y los rusos. En la página 135 se lee: “8 de febrero “Roosevelt entonces le recuerda a Stalin que tres años antes el Departamento de Estado aconsejó a algunas repúblicas americanas que no era necesario declarasen la guerra a Alemania sino que bastaba con que rompiesen relaciones diplomáticas”. “Pero hablando francamente, agregó, nuestro consejo a las repúblicas hispanoamericanas fue un error”. “Hacía solamente un mes que habíamos estudiado toda esta cuestión y como resultado de la entrevista él [Roosevelt] había enviado cartas a los Presidentes de seis naciones hispanoamericanas urgiéndoles a declarar la guerra. Ecuador lo había hecho el día antes, 7 de febrero, y tenía razón para creer que las otras lo harían rápidamente”. En la página siguiente el autor nos revela fríamente y sin piedad lo que Herrera tuvo la virtud de intuir. Veamos lo que continúa escribiendo el protagonista Mr. Stettinius: Febrero 8…. “Roosevelt contestó que según su criterio solamente se debía invitar a la Conferencia de Paz a aquellas Naciones Asociadas que habían declarado la guerra y sugirió que el límite máximo de tiempo para esta declaración fuese el 1º de marzo de 1945. La franca apelación al Premier inglés y al Mariscal Stalin para que ayudaran a salir de la difícil situación por el consejo del Departamento de Estado persuadió a los dos dirigentes a aceptar el 1º de marzo como última fecha para la declaración de guerra”. “Aquella noche envié [dice Mr. Stettinius] un cablegrama a Grew con la orden de que el Secretario de Estado Adjunto Nelson Rockefeller conminara a aquellos países para dar los pasos necesarios para una inmediata declaración de guerra. Perú, Chile, Paraguay y Uruguay declararon la guerra antes del 23 de febrero”.

El 20 de febrero la Cámara de Diputados, citada con urgencia, aprobó –con la oposición herrerista– la declaración de guerra; el 21 lo hizo el Senado –asimismo con la férrea negativa de los Blancos. Que daba declarada la guerra. La orden impartida desde Yalta por inter medio de la estación inalámbrica del U.S.S. Catoctin estaba cumplida. No sabemos si otro cable habrá respondido desde Montevideo: “A la orden Catoctin”. Ese día el Caudillo habló para la historia: “Hoy pues nuestra voz es además de Oriental, continental. La única que se levanta rompiendo el triste silencio […] Humildes ciudadanos, es tan grande lo que en este momento sellamos, como americanos y criollos, que al salir de esta sala un cendal de gloria civil envuelve lo que acabamos de hacer y suscribir”. “Sobre nuestros oscuros nombres nunca descenderá la gloria, pero tendremos el honor de haber sido los únicos que nos opusimos al entregamiento”.

Fue lección imperecedera de Independencia que no se perdona. El Caudillo no lo ignoraba: “En las horas supremas flanqueadas por el infortunio se imponen los hombres vitales, de recia voluntad; y más de una vez los ideólogos quedan a la izquierda, para atrás, por ausencia o incapacidad ejecutiva… o mareo. Evidencias de fracaso y heridas de amor propio, que «los que saben», no olvidan ni perdonan”.

A esta altura de la década había enviudado. Su cristiano hogar lo había formado en 1908 con Doña Margarita Uriarte, matrimonio del cual nació su única hija María Hortensia.

Desde junio de 1950 se desarrollaba la Guerra de Corea. Las operaciones militares, nada favorables a los EEUU, llevaron a gestiones del gobierno de Harry Truman para obtener el envío de tropas hispanoamericanas al lugar del conflicto. En marzo de 1951 se enfrentó al gobierno batllista presidido por Andrés Martinez Trueba, favorable a ese planteo. A la presión se agregó el delegado norteamericano Mr. Edward Miller, el que junto al Embajador Christian Ravndal lo visitaron en su Quinta. Allí, el Caudillo les expuso su radical oposición a enviar soldados criollos a Corea reafirmando su conducta en materia internacional: “Comprendemos que su gigantesco poder y desarrollo llevan a EEUU a tener intereses y motivos de atención en todos los rincones, pero que no sea al extremo de atribuirle la capatacía universal en las cosas del mundo”. Claramente marcó Herrera las líneas propias de nuestra fisonomía cívica como expresión de sustancial nativismo y anti-intervencionismo. Finalmente no hubo tropas uruguayas en Asia.

Sus últimas batallas fueron dadas desde el Consejo Nacional de Gobierno entre 1955 y 1959. Fue el Fiscal de la Nación en combate a los negociados y corruptelas. De esta manera se le conoció popularmente. Hacía honor a lo que dijera: “No pertenecemos a ningún consorcio comercial; no tenemos acciones en ninguna sociedad anónima o bancaria; no frecuentamos ninguna Legación, nunca nos hemos ofrecido, como cosas, al mercantilismo de los poderosos, no formamos ningún cortejo, ¡nadie nos ha cortado las alas, no somos hombres de jaula!”. En esos años, su vitalidad parecía interminable. Se fue hacia Dios con los auxilios de nuestra Santa Iglesia Católica llevados por Fray Generoso Pérez, que fuera Capellán del Ejército Gaucho de Aparicio Saravia. El venerable anciano se acercó con la Extrema Unción hasta el lecho de su amigo y camarada en los lejanos días de 1904.

Mucho más tendríamos para decir, pues la figura del Caudillo está llena de facetas que es necesario estudiar. Su nombre, resumen de la Patria Grande, sigue siendo hoy, como ayer y anteayer, bandera de lucha y esperanzas que nos invita a estrechar y centuplicar energías, para afrontar victoriosamente las venideras contiendas por Dios y la Patria.

-Luis Alfredo Andregnette Capurro.